por Gabriel Cruz

 

Levante la mano aquél que haya tenido una relación codependiente. Tú, quien está leyendo, levántala, no te hagas. La adicción a una persona no se suele identificarse de inmediato, pero es una situación muy común. A tu novio, a tu esposa, a tu madre. Es el o la adicta quien, por una extraña fuerza (léase subconsciente en acción), ha decidido estar atado a otra persona. Lo peor es que el resto de los mortales vemos como normal esta situación. Y hasta aplaudimos cuando se casan.

Yo jamás he vivido esta situación y jamás volveré a caer en ella. No lo haré, a menos que me convierta en vampiro, para así tener a mi pareja vampírica codependiente. Sería súper divertido… Bueno, eso pensé cuando vi Only Lovers Left Alive (2013). Ahí sí que se veía bonita la idea, pero vino Chan-wook Park, el Tarantino surcoreano, a ponerle en la madre al romanticismo de Jarmusch.

Lo que Park hizo en Thirst fue dar continuidad a la sordidez de sus películas con un chupa-sangre de ojos rasgados. Aquel director que se hizo famoso a nivel mundial por la llamada Trilogía de la venganza (Sympathy for Mr. Vengeance [2002], Old Boy [2003] y Lady Vengeance [2005]) y que nunca bajó la guardia en sus cintas, creó en 2009 una propuesta que se suma a una pequeña lista de películas que, aunque son catalogadas como cine de vampiros, toman a la mítica figura como un mero pretexto para hablar de temas completamente humanos.

Es notable cómo Chan-woo toma el clásico de la literatura naturalista francesa, Thérèse Raquin de Émile Zola (1867) —de donde saca el desarrollo de las relaciones codependientes y la narrativa persimoniosa— y lo transforma en un experimento que mezcla el horror, el surrealismo, la tragedia y la comedia más torcida que te puedas imaginar.

Sed nos presenta al famoso actor Kang-ho Song —a quien mencionamos en este espacio como parte del elenco de la película Snowpiecer (2013)— encarnando a un sacerdote que se somete a experimentos de una farmacéutica, que intenta controlar una terrible enfermedad. El padrecito es el único de los voluntarios que sobrevive, pero ya no es él mismo. Ahora debe saciar nuevas e imperiosas necesidades. Además de rezar el Padre nuestro por la noche, debe calmar su sed de sangre humana y su sed por Tae-ju, la hermosa hija de su casera.

Ni el padre Sang-hyeon es un sacerdote común, ni Tae-ju es la surcoreana típica. La dinámica que se genera entre ambos personajes es enfermiza. La obsesión que se produce entre los dos es de manual de psicólogo. Una necesidad intrínseca por permanecer constantemente uno al lado del otro, que conduce a los personajes a desarrollar acciones e instintos criminales por la única razón de permanecer unidos. Las situaciones que ambos van procurando a lo largo de la narración se pueden identificar fácilmente en la vida de cualquier persona, sin necesidad de que ésta sea un vampiro que huye de la luz.

Bakjwi, título original de esta cinta, nos regala, escena tras escena, hermosas postales en las que el contraste de colores, la iluminación y la composición son de una perfección clásica y de un nivel brutal. Regida por el número áureo, la fotografía hecha por Chung-hoon Chung, cinematografista de cabecera de Park, pone al cine surcoreano a nivel universal, tanto por su perfección como por su fuerza.

Sin temor a equivocarme, me atrevo a calificar a Thrist como una obra de arte, una cinta de culto y un clásico contemporáneo. Un trabajo de este nivel merece que abramos una botella de cava brut. Y, bueno, si se quieren poner a tono vampírico, beban sangre de doncella.

Título: Thirst

Título original: Bakjwi

Dirección: Chan-wook Park

Año: 2009

País: Corea del Sur