por Gabriel Cruz

 

Cuando Tomás Moro escribió su obra De optimo rei publicae statu deque nova insula Utopiae (Sobre el estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía), imaginó un lugar en el que la estructura social era próspera, igualitaria y tolerante. Un pequeño mundo perfecto en el que todos podían vivir plenamente. Es decir, Moro estaba escribiendo fantasía a inicios del siglo XIV. Siglos después, a mediados del XIX, otro inglés, John Stuart Mill, propuso una antítesis del concepto de Moro, la Distopía, termino que utilizamos actualmente.

Y vaya que usamos hasta el cansancio esta idea, sobre todo en cualquier forma de ciencia ficción, ora novelada, ora en cómic y, claro, en cine. La idea de un futuro muy cercano que casi podemos palpar siempre resulta atractiva. Atractiva y temible. Un futuro horrible en el que se levantan muros de ocho metros en las fronteras, en el que la Marina puede secuestrarte y venderte al narco, en el que el gobierno es tu peor enemigo… en el que el limón cuesta sesenta pesos el kilo. El futuro está aquí y es distópico.

Planteando otras formas de anti-utopías, Joon-Ho Bong, un joven director surcoreano, nos presenta la innovadora visión de un posible y oscuro futuro. Snowpiercer, basada en la novela gráfica de Jacques Lob y Jean-Marc Rochette (Le Transperceneige, Casterman, 1982), propone una curiosa metáfora de la sociedad (iba a escribir actual, pero esta historia es demasiado antigua), en la que el planeta experimenta una nueva era del hielo y los pocos sobrevivientes viven en un tren que viaja alrededor del mundo. Cada vagón del expreso corresponde a las distintas clases sociales y, como todos sabemos, el primer vagón es del líder supremo, mientras el último es, obviamente, el de las masas trabajadoras.

La travesía de un grupo de trabajadores a lo largo cada vagón va develando cambios significativos en la ambientación de este transporte. Cada sección es fácilmente identificable, con escenarios que nos resultarán familiares, ya sea una fábrica o la escuela, o incluso un bar, pero siempre en una escala claustrofóbica. Cada nuevo nivel nos muestra escalafones que difícilmente alcanzaríamos si nuestro origen fuera el último vagón, a menos que los tomáramos por la fuerza. Llegar a la vanguardia significaría una cuota de sangre y sacrificios enormes; sólo las motivaciones profundamente sinceras (cualesquiera que éstas sean) impulsarían nuestras acciones.

El desarrollo de la trama sigue la linealidad del tren y es así que la tensión, en un constante in crescendo, da un giro inesperado que transforma a la historia, con sus personajes y ambientes, en una nueva posibilidad. Cada paso que se da dentro del Snowpiercer va limpiando la pantalla hasta dejarnos, al final, en un blanco puro.

Con referencias a obras como Metropolis (1927) o The Matrix (1999), El expreso del miedo (¿a quién chingados se le ocurrió este título tan malo?) nos ofrece la oportunidad de reflexionar sobre el papel que jugamos en la sociedad, la estructura de las revoluciones sociales, el mesianismo y las mil formas en las que el sistema nos controla (aunque creamos que no). El filme se nutre, de igual manera, de escenas de acción muy bien coreografiadas, estupendos diseños de vestuario y de producción y un desfile de actores de primera como John Hurt, Tilda Swinton, Ed Harris, Kang-Ho Song (una de las maravillas de Corea del Sur) y un bien dirigido Chris Evans (pa’l taco de ojo).

El esfuerzo de Joon-Ho Bong por insertarse en Hollywood, después de haber sorprendido al mercado norteamericano con su magnífica El Huésped (2006), no fue en vano. Snowpiercer no sólo recaudó más de lo invertido, sino que permitió que se visibilizara el cine de esa región, más allá de sus propuestas de terror.

¿Con qué acompañarla? Puede ser con unos Cazares y un Boing o con sushi y vino blanco… depende en qué vagón viajen ustedes.

Título: El expreso del miedo

Título original: Snowpiercer

Dirección: Joon-Ho Bong

Año: 2013

País: Corea del Sur, República Checa, Estados Unidos y Francia

Duración: 126 minutos