por María Suárez

Cuando era niña en lo ochentas y noventas hacíamos mucho viajes para ir de compras a Tucson, Arizona. Eran horas en el carro, todo para ver a mi mamá pasearse por Sears, Penney’s y la odiosa Ross, mientras escogía ropa, zapatos o peor tantito, los encargos de mi tía o la señora del café. Mientras tanto, yo sobrevivía mi aburrimiento en las sillas reservadas para los esposos, esas que ponen afuera de los probadores. El tedio de pasar día enteros en las tiendas tenían un bright side: siempre nos recompensaban comprándonos una Barbie o una película de Disney.

Uno de esos VHS, fue Alicia en el País de las Maravillas. Debo admitir, que aunque esta película era una caricatura, supuestamente hecha para niños, verla me daba pánico. Escenas de Alicia aumentando de tamaño y quedando atrapada en una casa, o de las almejas siendo timadas por una morsa bigotona, o peor aún del sombrerero provocándole ataques cardiacos al conejo me traumaban y aun así no podía dejar de ver la película una y otra vez. Me encantaba y espantaba al mismo tiempo porque era como una pesadilla de la que, por más que sabes que estás soñando, no te puedes despertar.

En el 2009, salió el póster que promocionaba la versión de Tim Burton. ¿Qué haría el maestro del cine gótico fantástico con aquella historia que conozco tan bien? A mi no me quedaba más que prepararme mentalmente antes de ver esta versión en la gran pantalla. Fui a ver la película el día que se estrenó. Por dos horas estaba esperando taparme los ojos al ver a la protagonista convertirse en un monstruo o al sombrerero en zombie. Pero nada de eso pasó. Al acabar la película mi date me dijo que él interpretaba la película como un tratado de la socialización de la medicina en Estados Unidos. Yo sólo quedé más confundida.

Unos días después, decidí llevar a mi mamá y a mis abuelos a verla. Primero, porque mi abuela estaba pasando por quimioterapia y queríamos subirle los ánimos. Pero la verdadera razón era porque necesitaba más opiniones para concluir si el dude con el que estaba saliendo estaba loco o realmente Alicia era un discurso político sobre el Obamacare, visto del lado de los Republicanos.

Al salir del cine hubo varias reacciones:

Abuela: Nada de eso está en el libro.

Abuelo: Salieron unos colores que no sabía que existían.

Mamá: Quiero el labial y todas las sombras del Mad Hatter.

Yo: Esto no tiene nada que ver con política estadounidense. Creo que la historia está basada en mi vida.

Aunque nunca me he visto en el jardín de una Manor House en Inglaterra, con un Lord pidiendo mi mano en matrimonio frente a toda su familia, esa escena me resuena a las veces en que he estado sentada en el asiento pasajero, mientras alguien va manejando, diciéndome que en vez de la “pinche maestría” debería de enfocarme en tener una pareja, una familia o un trabajo de adulto. Mientras tanto yo, en vez de escuchar, estoy calculando la posibilidad de supervivencia después de aventarme del carro en movimiento a 120 km/hr para evitar ser juzgada una vez más. O imaginando una botellita que dice “Drink Me” que en vez de cambiar mi tamaño me haga desaparecer.

Todos tenemos familiares y amigos, hasta extraños, que nos dicen lo que ellos piensan que nosotros deberíamos de hacer para ser felices. Y fue al ver esa escena cuando El País de las Maravillas me dejó de dar miedo y se convirtió en uno de mis lugares favoritos. Por fin leí el libro. Vi la versión Sci-Fi, la cual vale la pena, aún con sus efectos de bajo presupuesto. Hasta estoy tratando de restaurar un vestido de novia vintage para mi Cosplay de la Reina Blanca. Pero siempre pienso en la verdadera Alicia, la niña que inspiró a Charles Dodgson, alias Lewis Caroll.

Gracias al diario de Caroll, se sabe que era un amigo cercano a la familia de Alice Lidell ya que estudió en Christ Church College, donde el padre de nuestra heroína era el decano. Que todos disfrutaban ir de paseo mientras él contaba cuentos a las tres pequeñas Lidell. Y que un día algo pasó por lo cual terminó la relación entre el estudiante de Matemáticas y la familia del decano. Y nunca sabremos puesto que la página del diario que hubiera incluido la escena fue arrancada. Lo más obvio es pensar que algo pasó entre la pequeña Alice y Charles, pero hay quienes asumen el escándalo incluye a la hermana mayor, Lorina, que hubiera tenido doce años. Los historiadores tienden a enfocarse en ese momento, con varias conspiraciones e insinuaciones, pero de ahí en adeñante poco se sabe de lo que fue de Alice después del País de las Maravillas.

El año pasado llegué a Oxford, el pueblo donde empezó todo. Todos hemos escuchado de la antigua y prestigiosa Universidad de Oxford, pero existe en el pueblo otra universidad que se llamaba Oxford School of Art (ahora Oxford Brookes). Esta se fundó en 1865 como una opción para hijos de familias de clase obrera y mujeres. Cabe mencionar, que los costos de matriculación para miembros del sexo femenino eran el doble del de sus contrapartes masculinas. Alice Lidell y sus hermanas fueron parte de la primera generación de esta universidad.

Tratando de investigar más sobre la vida de Alice después del Pais de la Maravillas, leí los archivos de la escuela. Alice es mencionada en las listas de calificaciones para las materias de dibujo y teoría del arte. A diferencia de su hermana Lorina, quien aparece en los registros por premios y reconocimientos, Alice no era muy destacada. Poco después de terminar sus estudios se casó con un jugador de cricket que luego se convirtió en magistrado en la zona de New Forest. Tuvo tres hijos, y después de la Primera Guerra Mundial, sólo sobrevivió uno. Fue la primera presidenta del Instituto de la Mujer del pueblo de Hampshire donde residió por el resto de su vida de adulta. A sus ochenta años fue al centenario del nacimiento de Llewis Caroll en la Universidad de Columbia en Estados Unidos, y fue ahí donde conoció a Peter Llewelyn Davies, quién fue uno de los hermanos que inspiraron a J.M. Barrie a escribir Peter Pan. Fuera de eso no sabemos más de ella.

Pero los turistas que vienen a Oxford no se saben ese lado de la historia. Sólo buscan la ilusión de la Alice de Carroll. Los veo bajándose de los camiones frente a Christ Church College, dónde hay un ventanal con la imagen de Alicia. Todos quieren ir al comedor y la salita donde hay decoraciones que se asemejan a las ilustraciones originales del libro. Cruzando la calle del colegio hay una tienda, dónde Alice y sus hermanas compraban dulces, que es ahora The Alice Shop. Ahí se puede conseguir desde un set de tazas para el té hasta un conejo de cartón de un metro de altura. La famosa librería de Blackwell’s también tiene un rincón, antes de la sección de niños, repleta de distintas publicaciones del mismo libro. El pub con las mejores pizzas del pueblo se llama The White Rabbit. Hay un tour exclusivo para fans de Alicia, que lleva a los visitantes al río, al parque, a la biblioteca dónde Dodgson iba a estudiar, para que sientan cómo si saben la historia. Todos tienen curiosidad, pero dudo que muchos vayan al pueblito de Hampshire en New Forest, a ver dónde pasó Alicia sus días post-Wonderland. Y quien sabe, capaz y ella lo prefirió así.

En unas semanas sale Alicia, A Través del Espejo. Ni me pregunten si la voy a ver porque ya saben que ahí voy a estar el día que salga, con mis palomitas mitad caramelo, mitad mantequilla. Es raro que de ser el cuento que me daba miedo, se ha convertido en algo que vivo a diario. ¿Será que llevo más de veinte años persiguiendo a Alicia, mientras ella corretea al conejo?

 


María Suárez

Una sonorense, semi-chicana, viviendo y estudiando en Oxford. De vez en cuando también aparezco en diferentes convenciones de cómics disfrazada de algún personaje, ya sea asesino de Hydra o realeza alienígena.

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