por Marisol Miranda

Hace unos días estaba platicando con la mamá de uno de mis pacientitos y me dijo que el fin de semana se habían tenido que ir de emergencia a la ciudad donde vive el resto de su familia, y como buen adulto los detalles los estaba dejando de lado, hasta que Ale (mi paciente que no se llama Ale) nos interrumpió y empezó a contarme los detalles de su viaje repentino. 

Resulta que al abuelito de Ale le dio un infarto «otra vez, ¿verdad mamá?» y pues tuvieron que salir de la ciudad y regresar al terminar el fin de semana sin alguna novedad ya que hasta entonces no habían operado a su abuelo.

Como buena psicóloga, curiosa por naturaleza le pregunté si lo había podido ver.

“Mo, porque no es un lugar para niños”.

Claro, los niños nunca entran a los hospitales, no importa el parentesco del enfermo, el estado en el que esté o las circunstancias, a menos de que exista una relación especial entre el niño y el manejo administrativo del hospital, los infantes no entran a estos sitios.

Me ha retumbado esa frase toda la semana, y hoy no me deja dormir, la tengo que sacar de mi cabeza para poder descansar. Volví a sentirme de 8, la edad que tenía cuando murió mi papá, al que vi por última vez en una cama de hospital gracias a ese trato especial y a ese papá terco que no se dejaba intervenir si no veía a su pequeña, en ese cuarto donde no lo pude reconocer, ese 26 de abril de hace 14 años dónde no tenía idea que sería la última vez que lo vería. Mi «papito» del que no me pude despedir porque “los niños no entran a los hospitales”.

¿Cuántas despedidas frustradas como la mía habrá en el mundo?, ¿cuántas familias que no han sido capaces de decir adiós en vida siendo conscientes de que esa será el adiós definitivo?, ¿cuántos niños separados para siempre sin un adiós digno por esas políticas hospitalarias?

Los niños no pueden entrar a los hospitales, pero afortunadamente los adultos si podemos, ojalá que eso nos permita despedirnos mejor, y a la vez nos ayude a acercarnos más a los pequeños que no tienen estos privilegios. La muerte está a la vuelta de la esquina, y si no aprendemos a vivir cada día al máximo, y a ser conscientes de lo que verdaderamente significa un adiós, quizá cuando seamos sorprendidos por «La Flaca» terminemos sintiéndonos como un chiquito al que le dijeron que el hospital no es un lugar para niños.