Por: Laura Susana Zamudio Vega

 

Recientemente empezó a circular en las redes sociales el trabajo del artista y humorista judío Shahak Shapira titulado Yolocaust. En él utiliza fotografías de personas (en muchos casos turistas) que han visitado el Memorial al Holocausto de Berlín, posando junto al espacio escultórico de forma poco respetuosa, tomando en cuenta que este lugar fue creado para memorar a los judíos asesinados en Europa víctimas del holocausto. En ellas se observa personas saltando los bloques o acostados sobre ellos, haciendo malabares, posando de cabeza, entre otros. Basado en estas fotografías, el artista realizó fotomontajes en las que conserva a los protagonistas de las imágenes, pero sustituye el contexto del monumento por imágenes documentales que muestran los campos de exterminio nazis.

De acuerdo al autor[1], las selfies las recopiló de Facebook, Instagram, Tinder y Grindr, e incluye además comentarios, hashtags y “Likes” que se publicaron con las selfies, es decir la reacción que sus seguidores mostraron ante las imágenes publicadas. En cambio se omiten los nombres o datos de identificación de los autores de las selfies, ya que su objetivo es motivar una reflexión, sin importar quiénes son los que aparecen en ellas, sino el cómo lo hacen, ya que la práctica de posar ante un lugar de forma “graciosa” y compartirla en las redes sociales se ha convertido en algo habitual, sin importar qué es lo que aparece de fondo, ni por qué ha sido creado. En este caso un monumento que no solo honra la memoria de quienes fallecieron, si no que también invita a la reflexión y a la sensibilización por un acontecimiento vergonzoso para la humanidad (para no olvidarlo y procurar no repetirlo), entre cuyas víctimas se encuentran miembros de la familia del artista.

El titulo también resulta polémico, no en vano lo utiliza como parte de su crítica. “Yolocausto” nace de la combinación de la palabra Holocausto y una frase que se ha vuelto popular en los jóvenes conocidos como millennials, “yolo” que significa “you only live once”, la cual invita a la juventud a vivir “al máximo” y en plenitud. Curiosamente, llama la atención y desconozco si es producto de la intención, pero leída en castellano también ponen énfasis en el “YO” del ego tan presente en las selfies.

Estás polémicas imágenes están cargadas de una fuerza simbólica y por qué no decirlo, crudeza, que a pocos deja indiferentes. La invitación a la reflexión por parte del artista replica en muchos aspectos que van más allá de las fotografías. Algo a lo que también invitaba el arquitecto Peter Eisenman al diseñar el monumento compuesto de 2.711 bloques de hormigón dispuestos de forma tal que consiguen la desorientación y el desasosiego, buscando evocar las emociones que sintieron las víctimas del holocausto, pero que al parecer impacta de diferente forma a quienes recorren el lugar.

En este sentido, vale la pena revisar la descripción que hace del monumento Colin Ellard (2016), neurocientífico que estudia como la arquitectura y el espacio (urbano o paisajístico) pueden influir en los sentimientos y pensamientos de las personas.

 

Cuando visité este monumento conmemorativo con mi esposa, permanecimos sentados fuera de la retícula de bloques unos minutos intentando descifrar su significado. Luego nos dispusimos a explorar su interior. Los pasillos eran demasiado estrechos para caminar juntos y pronto nos separamos y sólo éramos capaces de atisbarnos el uno al otro esporádicamente, mientras nos desplazábamos. Al llegar a las intersecciones de los pasillos, podíamos proyectar la vista claramente hacia el exterior del monumento a través de los corredores largos, estrechos y vacíos que nos atravesaban a ojos de cualquier espectador distante que se hallara fuera de la estructura. La desorientación que sentimos entre aquellos bloques que nos tapaban la visión del mundo exterior, la sensación de pérdida generada por la separación y la penetración visual ocasional a través de los largos pasillos sin obstáculos despertaba una serie de sensaciones potentes, como el miedo, la ansiedad, la tristeza y la soledad. Lo que Peter Eisenman, el arquitecto del monumento, logró hacer fue construir una estructura en la que resonaran ecos remotos pero potentes de muchos de los sentimientos que debieron de experimentar los judíos perseguidos durante la Segunda Guerra Mundial, y lo hizo de tal modo que el poder de la experiencia sólo podría apreciarse mediante la encarnación. Hay que unirse a la instalación, atravesarla a pie, perderse en ella. Al hacerlo, el dolor y el temor devienen palpables y convincentes.” (Ellard, 2016: 24)

Sin lugar a dudas el contraste es abismal entre el relato de Ellard quien muestra respeto y admiración por la evocación de emociones a partir del diseño arquitectónico del monumento y las imágenes de Shapira, quien hace evidente que las prácticas habituales de los turistas son más bien insensibles al lugar y a la historia que ese lugar está contando, banalizando su significado.

Lo anterior es solo una muestra del reto al que nos enfrentamos arquitectos y urbanistas al diseñar –o rediseñar– la arquitectura y los espacios urbanos de forma que impacten en las emociones y pensamientos de quienes han nacido en la era del internet y las redes sociales. Y sobre todo en las habilidades que debemos adquirir para interpretar sus imaginarios.

 

Ensayo publicado el 27 de enero de 2017 en las columnas de opinión de la Red Iberoamericana de Investigación en Imaginarios y Representaciones (RIIR).

https://imaginariosyrepresentaciones.wordpress.com/columnas-de-opinion/practicas-turisticas-y-memoria-historica-monumento-al-holocausto-de-berlin/