por: Sofia Lustig

Por supuesto que mi plan nunca fue encontrar al amor de mi vida por medio de una App. Pero igual la descargué, un sábado en la tarde, mientras miraba televisión en casa de mi padre. Afuera hacía mucho frío y llovía, y pasar el fin de semana con él poniéndome al día y mirando películas me parecía un plan exquisito. El comercial salió en la TV y era tan malo que me dio pena ajena. Sin estar mucho en tema, me di cuenta que se trataba de un spot de muy bajo presupuesto. Una canción cursi, un logo que se movía a lo largo y ancho de la pantalla, y una voz en off. Me recordó un poco a las presentaciones en PowerPoint que tenía que preparar para la oficina.

En términos de efectividad, igual, creo que fue muy bueno; porque horas mas tarde, esa noche, mientras me lavaba los dientes, resonaba en mi cabeza la canción melosa de Ricardo Arjona y la voz en off que decía “Descarga Happn…Nunca es tarde”. Posiblemente para alguien de 40 años que nunca tuvo hijos ni se casó, ese fuera de los slogans mas convincentes.  Acostada en la cama, tal vez de aburrida, tomé el celular y, en un acto desprovisto de buenos argumentos, descargué la aplicación. Aunque la tecnología nunca fue mi fuerte, me entretuve un buen rato escogiendo una foto de perfil en la que me viera bonita, y me dispuse a examinar la “oferta masculina”. En mi mente, todo se desarrollaba de forma práctica. “Carlos, si. Tiene 44, está a cinco kilómetros de distancia y tiene una foto…digamos que agradable. Mauricio, no; Martin, no. Ignacio…mmm, en el límite… Está bien pero algo no me termina de convencer. A ver sus hobbies… ¿Taekwondo? ¿Videojuegos? Mmmm…me parece que tampoco. Ok. Adrián, Patricio, Sebastián…Sí, sí, sí. Listo, a dormir.”

Un bip en el teléfono me notificó de un primer Match, y yo casi pegué un salto de la emoción. Estas cosas siempre me hacen sentir joven. Son momentos de adrenalina tecnológica que luego se vuelven inolvidables. Como cuando mandé mi primer e-mail a los 20 años, o cuando compré un libro por E-bay por primera vez. Mi primer Match fue Carlos, 44, y me escribió inmediatamente.

—Hola.

—Eres mi primer “Match”.

—¡No puede ser! Con lo bonita que eres…

—Es que ésta es la primera vez que uso esta aplicación. La verdad es que no soy muy adepta a la tecnología.

—Ah, entonces es especial…Lo nuestro, digo.

Aparte de que se veía muy bien en su foto de perfil, el comentario se me hizo  simpático.

Le respondí con un juvenil “Ja, ja” y él no me escribió más. Dejé el teléfono sobre el buró y traté de dormir. Al cabo de unos minutos, sonó una nueva notificación, me incorporé para ver de que se trataba, y era Carlos otra vez. Por un momento pensé que tal vez sí se trataba de algo especial, o igual y era que nunca pasaba nada interesante en mi vida y a cualquier cosa la interpretaba como un gran “acontecimiento”.

—¿Qué estás haciendo?­­— me preguntó.

—En mi casa…tranquila.

—Yo también. Estamos muy cerca. ¿Quieres que te  pase a buscar?

“Los tiempos en internet son diferentes” había leído hace poco en una nota del diario, y hoy lo confirmaba. De un momento a otro, todo pasaba. ¿Será que tengo en mis manos la posibilidad de cambiar mi historia para siempre”? ¿Qué tantos años de relaciones frustradas terminarían de una forma tan simple como ésta? Me pregunté.

—Pero estoy en pijama— le dije.

—Yo también.

Su respuesta me generó ternura. Le pregunté por su apellido y lo busqué en Google, sólo para corroborar que se trataba de una persona “normal”. Eso hacía Norma, la secretaria de la oficina, todo el tiempo. “Nunca confíes en alguien a quien no puedas Googlear”, me había dicho alguna vez.  Encontré alguna que otra foto de él, y los links a un par de redes sociales. Según Google se trataba de una persona común y corriente, y eso me dejaba mucho mas tranquila.

Que yo me entusiasmara así por alguien no era algo de todos los días. Tal vez después de todo sí se trataba de algo especial, o igual y no, pero tenía que sacarme la duda. Le pedí que pasara por mi, me puse la chamarra encima del pijama y salí hacia el portón de entrada. Un Ford Focus me esperaba en la calle con las luces intermitentes encendidas, y lo vi sentado a través del parabrisas. Me abrí la chamarra para mostrarle que debajo traía el pijama, el me mostró que el también, y nos reímos.  Me hizo una seña para que me acerque y bajó el vidrio de la ventana del acompañante.

—¿Te llevo, linda? — Me preguntó sonriente.

Por primera vez lo vi a los ojos. Un tipo maduro pero muy bien “mantenido”. Se notaba que se cuidaba mucho. El auto estaba impecable -igual que él-, su camisa de pijama estaba perfectamente planchada y su pelo engominado hacia atrás.

Fuimos a un bar de la zona. Hacia años no salía a un bar, pero ese lugar ya era un clásico del barrio, y por eso lo conocía.  Su nombre era “Patada de Búfalo”, y esa noche descubrí que eso era así por un shot  que preparaban ahí con Jaggermeister y licor de anís que -como su nombre bien anticipaba- pegaba fuerte. Nos pasamos la noche riendo y contando chistes, y tres Patadas de Búfalo mas tarde me invitó a su casa a “picar algo”. Su estudio estaba aún mas limpio que el auto, y olía igual de bien que él.

Me hizo sentar en el sillón mientras recalentaba sobras de un salmón ahumado que había cocinado esa tarde. (Sí, encima cocinaba.) Se acercó enseguida con una copa de vino tinto y un frasco de gel antibacterial y, antes de darme la copa, me lo aplicó en las palmas de las manos.

—Eres medio maniático de la limpieza, ¿no?— le pregunté curiosa, y el asintió.

En ese mismo instante me besó. Nos olvidamos de la comida, y nos pasamos enredados a la cama. Nos tocábamos como si nos conociéramos de toda la vida, y yo sentía que tenía 15 años. Nos desabotonamos los pijamas el uno al otro y tuvimos sexo hasta quedar exhaustos. Horas después, desnudos en la cama, el me abrazó desde atrás. Yo, con los ojos cerrados, iba quedándome dormida.

—Eres hermosa, ¿sabías? — me dijo mientras besaba y acariciaba mi cuello. Yo, entregada a la somnolencia, me reí. Concilié un sueño corto y muy liviano, que se vio interrumpido por su respiración, que se volvió más y más intensa. Luego me apretó bien fuerte contra su pecho, y me besó y succionó el cuello. Yo, desencajada, abrí los ojos.

—¡Ay! con cuidado. Me estás lastimando.

Él me dejó de besar pero apretó su cuerpo contra el mío aún mas. Como una boa constrictor que sofoca a su presa.

Cuando pensé que la escena no podía volverse más intolerable, me sacudió con la siguiente declaración:

—Te pareces a mi mamá.

—¡¿Qué dijiste?! — volteé la cara hacia a él para preguntarle.

El empujó mi cabeza de vuelta y succionó mi cuello. Entrelazó con fuerza sus piernas con las mías, y en mi espalda sentí su erección, dura como un sable, presionando la base de mi columna. Con sus brazos presionando sobre mi pecho, se me dificultó respirar. Empecé a hiperventilar, y los ojos se me humedecieron.

—Basta. ¡Ya suéltame! No quiero. — le dije, y empecé a patalear con todas mis fuerzas.

—Perdón, perdón. No te quiero espantar. Pero creo que me estoy enamorando.

Inmediatamente le pegué un codazo en el mentón, y así lo logré vencer y sentarme en la cama. Me miró fijo, mientras sostenía su quijada adolorida. Yo, con miedo, busqué mi ropa y me empecé a vestir.

—Perdón, no eres tú. Es que casi son las cinco, y tengo cosas que hacer temprano. — le dije, tratando de librar la situación con suavidad.

—¿Un domingo?  Pensé mas bien que podríamos quedarnos aquí en casa todo el día—Me respondió en un tono algo demandante.

Sin contestarle, y ya temblorosa,  me paré rápido y sin querer tiré la copa de vino que había apoyado sobre el buró.

—¿Qué estás haciendo?! — me preguntó, ahora enojado.

El vino tinto se derramó sobre las sábanas blancas y él no pudo disimular el odio en sus ojos. Caminé descalza sobre los vidrios que yacían en el piso, y a causa de la adrenalina ni sentí dolor. Caminé rápido a la sala, donde cogí los zapatos y la chamarra, sin darme cuenta que estaba dejando un camino de sangre a mi paso.

—¡¿Eres estúpida?! ¡Me estás ensuciando todo…¡te voy a matar!- — gritó el enfurecido, mientras se levantaba de la cama.

Sin pensarlo demasiado, corrí hacia la entrada y logré tomar las llaves que estaban  puestas del lado de adentro de la puerta. Salí y la trabé desde el pasillo. Pegué mi cabeza a la madera y escuché como del otro  lado, agitado, nervioso y casi llorando, el hacía fuerza para tratar de abrirla.

—Perdón…— me decía, con la voz quebrada — Vuelve. Estás sangrando. Deja que te ayude.

Yo me concentraba en calmar mi respiración para que no me escuchara.

En ese momento, un vecino abrió la puerta de entrada del edificio, y yo aproveché para salir. Caminé descalza los 5 kilómetros hasta casa de mi padre, aún en tal estado de shock que no sentí los vidrios incrustados, y una vez allí, me lo encontré sentado tomando un café con leche en el comedor. Me miró con cara de preocupación.

—Te llevo al hospital. — Me dijo inmediatamente, y sin preguntar nada.

Nos subimos a su auto, y por el espejo del acompañante noté como tenía el cuello todo moreteado. Me temblaban las piernas y ardían los pies. Mi padre me dio una palmada suave en la rodilla.

—Yo te cuido. — me dijo.

Otra vez me sentí de 15 años.

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Para leer la parte 2 y 3 de esta serie:

2. La importancia de tener dos ojos 

3. Los Swingers

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Sofía Lustig

Doblemente expatriada y casada con un ninja. Estudió comunicación. Vive en una ciudad muy cara, y por eso tiene múltiples trabajos (uno para cada una de sus personalidades). Hace año y medio que está escribiendo un libro y, para fines de este, tal vez…tal vez… lo termine.

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