por: Sofia Lustig

“La parte linda de envejecer (porque me esforcé en encontrarle la parte linda) es que te lleva a  interpretar finalmente la carga del paso del tiempo. Algo que no se tocaba ni se veía, ahora se vuelve palpable. Vi a los otros crecer cambiar o morir, y eso nunca me generó nada. No encuentro diferencia entre lo que veo que le pasa a los otros y lo que veo suceder en una película. Esta idea sólo cobra realidad cuando toco mi piel, veo mis surcos en la cara, reviso mi postura que cambió, mis caderas y mis manchas. La finitud se vuelve real en mi narcisismo, y así me doy cuenta de que no soy tan buena persona como siempre había creído.” Esta reflexión algo enredada salió de mi en el momento más impensado. No estaba en frente del espejo arrancándome una cana ni mirando una película melancólica, sino que brotó de mi mente en pleno instante culmine del encuentro sexual.

Después de mi vivencia anterior decidí borrarme de toda app o red social y empezar a  conocer  gente “a la antigua”. Así, a Esteban lo conocí por medio de Carmen, mi compañera de trabajo. Ella se ocupó de coordinar el encuentro que fue a las cinco de la tarde en un café. Las primeras citas a plena luz del día jamás habrían sido mis preferidas pero por no tener nada mejor que hacer, accedí.

A primera impresión él no me generó nada. Era un poco más alto que yo, estaba vestido en colores caqui y gris, tenía pelo rubio obscuro y unos ojos diminutos. Su voz era un tanto aguda y eso me resultó chistoso. Pedimos café y emprendimos una conversación de lo más acartonada. Tratamos impetuosamente de buscar similitudes donde no las había. El era del norte y yo del sur. Yo tenía siete hermanos y el era hijo único. Aparte de no haber conversación, no había química. No sentía yo el menor deseo de tocar esa piel blanca y lampiña. Además, el café sabía horrible. Por algún motivo su gusto era un tanto salado, y tomarlo era un suplicio. Lo bueno de este hecho fue que mi comentario al respecto lo hizo reír. Liberó una carcajada corta y temblorosa como único indicio de esparcimiento de nuestro encuentro. El café quedaba en el primer piso del edificio en el que él vivía. Me preguntó si quería conocer su departamento y, de aburrida, le dije que sí. El departamento era insulso como él. Tomamos un vaso de agua para sacarnos el sabor inmundo del café de la boca. Él encendió la TV.

—¿Qué te gusta ver ? — me preguntó mientras hacía zapping

—No se que pasarán a esta hora. Cualquier cosa me parece bien.

Nos sentamos a mirar la tele en el sillón como si fuésemos una pareja de muchos años. Por todos lados había pelo de gato. Tenía tres: Coque, Gaspar y Serafín, y eran grandes y gordos. Él se acomodó en el sillón más cercano a mí y le noté rasguños en los brazos. También noté que tenía celulitis en el cuello.

En la TV anunciaban un medicamento que trata la artritis. Una pareja mayor paseaba en bicicleta tandem por una pradera. La mujer iba adelante, sonriente. En la canasta de la bicicleta, un gatito diminuto disfrutaba del viaje.

—Se parece a Serafín— advirtió Esteban con arrebato.

Me encontré imaginándonos a los dos, en 20 años, subidos a esa bicicleta, aunque para los tres gatos gordos aquella canastita no sería suficiente. Él, con la vista clavada en la TV, acarició mi brazo con disimulo. Nos miramos, y entonces me preguntó si me quería acostar con él. Por aburrimiento le dije que sí. Por un momento lo noté nervioso. Caminó a su cuarto y los gatos lo siguieron. Tomó una manta del closet y la colocó ceremoniosamente sobre la cama. Le pregunté si necesitaba ayuda y él, por galantería, me dijo que no. Tomó de una caja una botella de gel íntimo y un condón y los puso junto a la cabecera de la cama. Luego me miró de cerca. Me pregunté si habría notado las arrugas que tengo junto a mis ojos. De inmediato me tapé los costados de la cara. Me humedecí los dedos y  los comencé a frotar lentamente contra mi clítoris para entrar en calor. Cerré los ojos para evitar verle la celulitis.

Jamás comprendí a la gente que me decía que durante el orgasmo su mente quedaba en blanco. Para mi, por el contrario, siempre había sido una ocasión de click mental, donde articulaba mis propias ideas, interpretaba el significado de un enigma, y  muchas veces resolvía un problema. Pensándolo en detalle, de haber sido sexualmente activa antes en mi adolescencia seguramente hubiese obtenido mejores calificaciones en física y matemática. 

Durante este click brotaron a mi mente copiosos asuntos relativos al envejecimiento, como el de cuando “dejar de ocuparse” de uno. Conservarse cada día es un trabajo que con el tiempo se vuelve más tedioso. A veces, cómoda, pienso en dejar de hacerlo, pero luego me repito “Aún no es tiempo, Juana. Péinate una vez más… ¡Maquíllate!” Y ahora noto que aunque lo siga haciendo ya no es con el empaque de hace 15 años. Imagino que en mi vejez voy a usar  tenis cómodos todos los días y pantalones sueltos y livianos. Pensar en eso me relaja. Pienso que de grande me gustaría flotar en el agua para no sentir la presión de las articulaciones en mis nudillos o rodillas, que ya ahora empiezo a apreciar con algo de molestias. Pienso en si, mientras floto, fantasearé con la muerte como la máxima prueba de finitud y liberación. Pienso en que pensar en morir también es un acto egoísta puesto que sólo tiene que ver conmigo, y eso me agota y abruma. Ser ególatra en un mundo de ególatras me enoja y también me da consuelo. Pienso en cómo sería el mundo si yo no estuviese más en él y me molesta porque sé que todo sería igual. Pienso si morir será más semejante a flotar en el agua o a tener un orgasmo.

El colchón de la cama, curiosamente, era de agua, y recostarme en el me resultaba muy placentero. Eran las siete y media de la tarde y estaba anocheciendo. Él  cerró  puertas y persianas y apagó la luz dejando el cuarto en una obscuridad total.  

—Ahora cada quien se va a desvestir— aclaró, siendo guía de la actividad. 

—Bueno— respondí. 

Sentí una molestia en la muñeca. Mientras me seguía frotando pensé en el comercial y luego en mi abuelo. 

Mi abuelo, a los 80, decidió no salir más de su casa porque la calle lo agotaba. Algunos años después decidió dejar de levantarse de la cama; pasaba el día entero recostad completando crucigramas. Escuchaba la radio informativa todo el día y así sentía que aún era parte de este mundo, aunque no interactuara con nadie realmente, porque al poco tiempo había decidido también dejar de hablar. Ni siquiera se levantaba para ir al baño. Con plena salud y lucidez (a pesar de su edad) tomó está decisión. “Si total…¿para qué?” “Si después voy a querer ir al baño otra vez…”. “¿Sabes la cantidad de tiempo que pasé en mi vida sentado en el excusado?” Sus hijos contrataron a una enfermera para que le diera de comer en la boca y, cada tantas horas, le cambiara el pañal. Así vivió por muchísimos años. Este hábito, con el  paso de los años, le ocasionó una infección urinaria. Luego el cuadro se complicó y el problema mutó a otras partes del cuerpo. Hace algunos meses fue internado en un hospital. Allí aún subsiste, ahora en coma, mantenido a base de diálisis y otros tratamiento. Nadie sabe si está consciente ni si advertirá que lo visitan diario porque no habla ni muestra reacción. Sólo se sabe que a pesar de sus múltiples infecciones ha sobrevivido a los tratamientos más fuertes, y que su corazón está bien y hasta late con fuerza. Sólo nos queda preguntarnos, ¿Qué concebirá él? ¿Sería esta su pretensión?  Me pregunto si extrañará los crucigramas. También me pregunto si no habrá sido su plan terminar en este estado en el que aún estando “presente” no tenía que ocuparse de nada, ni lidiar con los pesares de la vejez.  Me pregunto si escuchará a sus hijos llorarlo, y si acaso lo estará disfrutando de una manera petulante y macabra: flotando libre, ególatra, y sin un espejo que le devuelva su deterioro, ni le diga que se tiene que peinar.

Tener sexo en una cama de agua era toda una experiencia. Esteban y yo apenas nos movíamos por querer preservar el colchón que ya tenía mas de diez años. Pero cierto era que más movimiento tampoco era necesario porque ya el más minúsculo meneo generaba un gran ajetreo. Esteban me trataba con cuidado y eso me pareció tierno. Me acariciaba la cara como lo haría una madre a su bebé.

Pensé en mi mamá. Recordé que hacía poco me había contado la historia de cuándo, embarazada de mi, su segunda hija, llamó a su abuela para contarle la noticia. La señora, fervorosa, le contestó “Es bueno tener dos hijos, como es bueno tener dos ojos…Por si te falta uno…” Esta frase me resonó con fuerza. Me hizo pensar en la maternidad desde un punto de vista egoísta. Como si uno se anticipara a la vejez buscando tener la mayor descendencia, encontrando reposo en que entre ellos se distribuya la tarea de ocuparse de uno y teniendo así la garantía de que si no todos, al menos uno, nos lloraría.

Mi orgasmo llegó a su fin en un disfrute que me asaltó el alma y aflojó mi cuerpo. Sin saber exactamente cómo, el paso de aquel enmarañado filosófico ahora traía un click a mi cabeza: concluí que no me importa envejecer, pero que –como mi abuelo- prefiero no ver mi deterioro.

—¿Enciendo a luz? — me preguntó Esteban.

—No. 

Le dije y lo abracé.

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PARA LEER LA PARTE  1 y 3 de esta serie:

1 La patada de Búfalo

3 Los Swingers

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Sofía Lustig

Doblemente expatriada y casada con un ninja. Estudió comunicación. Vive en una ciudad muy cara, y por eso tiene múltiples trabajos (uno para cada una de sus personalidades). Hace año y medio que está escribiendo un libro y, para fines de este, tal vez…tal vez… lo termine.

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