por Julio Durán

Hace unas semanas tuve el gustísimo de ser invitado por mi cachorro a un viaje por el Japón, únicamente padre e hijo, ocasión muy especial.

Además de lo especial que representó para el “bonding” pater-filial este viajecito, lo aderezaba el hecho de que íbamos para que Alex, fotógrafo empedernido, presentara una ponencia y fotos gran formato de su obra “Washed Up”, como uno de los tres fotógrafos internacionales invitados al MOUNT ROKKO INTERNATIONAL PHOTOGRAPHY FESTIVAL en la muy agradable ciudad de Kobe y para mi gran orgullo, con mucho éxito.

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Hago un paréntesis para correr comercial:… chequen la obra del Alex en su sitio www.alejandroduran.com

Y ahora continúo con el tema que me ocupa para este articulín.

Mi primer contacto con el Japón fue al aterrizaje en el súper aeropuerto de Kansai, esa obrita modesta que los japoneses construyeron, con proyecto de Renzo Piano, of course, de una isla artificial de cuatro kilómetros de largo por uno de ancho en medio de la bahía de Osaka y en donde utilizaron casi 21 millones de metros cúbicos de concreto, el equivalente a 3 montañas.

Como dato curioso, este aeropuerto se llevó en 2001 el premio “Civil Engineering Monument of the Millennium” otorgado por la American Society of Civil Engineeers. Y no es para menos pues, además de su cuidado con el medio ambiente, como obra de ingeniería resistió, en 1995, sin haber perdido ni un solo cristal al terrible terremoto de Kobe y en 1998 a un tifón con vientos hasta de 200 km/h, todo esto casi sin pestañear.

Desciendo del avión y paso al lavatorio del aeropuerto para encontrarme con el primer indicio de que hay algo raro, algún tipo de fijación en la cultura nipona acerca de la situación sanitaria.

Encima del inodoro me encontré este críptico anuncio:

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Viendo esto me pregunté si los japoneses tendrían ciertos hábitos para el uso del inodoro desconocidos para mí y la pregunta me quedó grabada.

Conforme empezamos a recorrer y a convivir con los locales, nos dimos cuenta del gran aprecio que tienen por la higiene y empecé a resolver mis dudas.

Resulta que todos los baños modernos que se precien de serlo, privados o públicos, tienen instalados inodoros electrónicos con varias funciones: el asiento al momento de sentarse manda una señal para la descarga de un chorro de prelimpieza de la taza. Además incluyen ajuste de temperatura del agua, spray de lavado pa’ la colita, chorro de bidet pa’ salva sea la parte, y spray secador para evitar el uso del papel. Los controles están generalmente integrados en una especie de control a un costado del mueble o contra algún muro cercano.

Yo, como arquitecto conocía estos chimostretos, que sólo instalan en sus baños las personas de alto poder económico y más por esnobismo que por otra cosa, pero nunca pensé que fueran de uso tan común y además necesario, ampliamente recomendados por el gobierno japonés sobre todo para el uso de personas mayores.

Es muy divertido sentarse en uno de estos artefactos y sentir que te enfrentas a un panel de control de alguna nave espacial.

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Paso ahora a contarles de los famosos baños “Onsen”, tradición milenaria japonesa. Se trata de tinas o albercas, naturales o construidas exprofeso, alimentadas por aguas termales, de prácticamente cualquier tamaño pero con capacidad para varias personas. Estas pueden ser exteriores o interiores. Como Japón (creo que todos lo sabemos) es una isla con fuerte actividad geológica, las aguas termales se encuentran prácticamente en todo su territorio.

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Onsen Interior

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Onsen al aire libre. Foto: hitherandyonwithdarrellvaughan.files.wordpress.com

Hay reglas muy estrictas en cuanto a la higiene antes del uso del Onsen. Un baño muy a fondo de regadera, sentados en banquitos especiales con toallita de lavado antes de entrar al Onsen es un must. No se permite ningún artículo de tela, olviden trajes de baño o ropa interior, excepto la toallita que usaste para tu regaderazo pero con la condición de que la pongas sobre tu cabeza, ya que la idea es que nada, excepto los cuerpos limpios toquen el agua.

Otra cosa que llama la atención es que los tatuajes de cuerpo están prohibidos. Esto no por cuestión higiénica sino por el miedo de tener como compañero de baño a un miembro de la Yakuza (mafia japonesa), ¡aayy nanita!, quienes en Japón son los únicos en usar grandes tatuajes, watch out, James Bond!

Poco a poco y con la aceptación de extranjeros en los baños se ha vuelto más relajada esta costumbre y si tienes un tatuaje pequeño y lo tapas, no hay ya tanto problema.

Existen los de caballeros, los de damas y más raramente los mixtos. Sin embargo los japoneses toman la desnudez en estos sitios como lo más natural del mundo, así es que fuera inhibiciones y, ¡al agua patos!

Recorrimos una buena parte del Japón, comiendo los más deliciosos sushis y platillos con ingredientes a cual más de raros. Si te das una paseadita por el mercado de comida (el San Juan del ex D.F.) de Kyoto, apuesto a que no identificarás ni la mitad de lo que ahí se ofrece.

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Le dimos batería al paladar con algunas cosillas que compramos pero al tratar de tirar la basura de los empaques o de los sobrantes nos dimos cuenta de otra cosa muy impactante: resulta que no existen los botes de basura en las calles.   Se nos explicó que todo mundo lleva consigo una bolsita para ir guardando sus desechos del día. Se preocupan por la separación de residuos pero al igual sus plantas incineradoras, obviamente más que eficientes, dan cuenta de todo esto. Se pueden ver en el paisaje de las ciudades, enormes y modernas instalaciones con altísimas torres-chimenea equipadas con lo más moderno de los sistemas de filtrado cuyos únicos residuos son nubes de vapor de agua.

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Planta incineradora en Osaka. Foto: https://bashny.net

Quedé impresionado con el orden y la limpieza: asientos del “metro” y de los trenes forrados en terciopelo, perfectamente limpios y cuidados. En algunos andenes, casi casi podrías comer sobre el piso de lo reluciente que se ve.

Y no se diga de la puntualidad, con los horarios al minuto de las paradas de los trenes (aguas con el Shinkansen, tren bala que nada más jala a 320 km/h) podrías sincronizar cualquier cronómetro.

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Otro detalle que me llamó la atención y que ilustra mi premisa: en la cafetería exterior de uno de los hoteles que visitamos habían unos inmensos macetones de metal repujado. Durante horas dos empleadas armadas de pequeñas espátulas, trapos y productos de limpieza los estuvieron raspando y limpiando ranurita por ranurita, ¡uufff!

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Ciudades de millones de seres humanos moviéndose como oleadas, sobre todo Tokyo en donde no ves ni un ápice de basura.

Excuso decir que regresé deslumbrado por este pequeño país que mantiene a la par de sus tradiciones milenarias los más altos niveles de vida moderna del mundo mundial. Brindo con un deliciosos Sake, que por cierto y para destrabar una vieja disputa familiar, se puede beber frío o caliente: “¡kampai!”

Por supuesto que al aterrizar en nuestro benemérito y destartalado aeropuerto internacional evité visitar alguno de sus sucios y malolientes baños, nostálgico de los escusados robóticos y la higiene nipona.