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Hace varios años, salía con un chico 5 años más grande que yo. Tenía varias cualidades que me gustaban: era guapo (bajo mis estándares, porque en gustos soy rarita), simpático, inteligente, maestro de arquitectura. Pero lo que más me llamaba la atención de él, era como trataba a la gente; platicaba e interactuaba con todos, desde las personas que estaban solas en una exposición de arte, hasta la señora que atendía la tortillería de la esquina. Lo que más me impresionaba cuando apenas lo conocí, es que se sabía los nombres de todas las personas con las que interactuaba. Ojo. No estoy hablando de sus amigos. Estoy hablando de la chica que atendía en el Oxxo de la colonia, el chavo que le surtía los garrafones de agua, es más hasta del afilador de cuchillos que pasaba en frente de su casa. Y en respuesta a esto, todo el mundo, lo reconocía y lo saludaba. Me fascinaba pasear con él porque en cierta manera sentía que era como pasearse con una celebridad.

Y su secreto era muy sencillo. No esperes a que te digan su nombre. Pregúntaselos. Y cuando los vuelvas a ver salúdalos por su nombre y verás como la actitud de la gente va a cambiar hacia ti, porque fuiste una de las personas que durante su rutina diaria, tomó dos segundos en convertirlos en personas en lugar de entes.

Ejemplo: ¿Cuántos vivimos en un edificio y llamamos “Poli” al guardia de seguridad que hemos visto diariamente desde hace 3 meses? ¿Cuántos tenemos una tiendita a la vuelta de la casa a la que vamos todos los días, que es atendida por la misma mujer y siempre le preguntamos ¿Cuánto le debo señito? ¿Cuántos de nosotros coincidimos salir al mismo tiempo del vecino y apenas cruzamos un seco “hola”?

Yo solía ser así antes de este chavo, e inmediatamente cuando vi como la gente reaccionaba a él, me robé su swag. Comencé a preguntar nombres y a usarlos y vi inmediatamente como cambió la reacción de la gente cuando me veían venir. Hola Rubén, Cuánto le debo Doña Rosita, Que te vaya bien Esteban. La gente saluda de regreso con sonrisa, platican conmigo, y a veces hasta me consienten con algo especial (el de los tamales me guardó el último tamal de chipotle de su tanda). Se involucran.

A veces me siento mal, porque creo que esto debería de estarlo haciendo desde niña. Es algo con lo que me debieron de haber educado. Pero también recuerdo que crecí en una de las ciudades con el más alto índice de inseguridad donde la norma que nos establecen nuestros papás es “no hables con extraños”. Irónicamente en las grandes urbes nos derretimos en una especia de masa anónima, donde sólo fluimos por sobrevivir y  la gente se queda siendo “extraños” hasta que finalmente nos presentamos.

Nos olvidemos en nuestro andar egocéntrico que hay más personas que sólo nuestro circulo social. Tenemos que reavivar el círculo de comunidad. Creo que esta acción tan sencilla que es aprenderte un nombre y aplicarlo, nos ayuda a crear cercanía, a cuidarnos los unos con los otros y sobre todo a reconocernos como individuos. Qué utópico sería despertarte una mañana y caminar por la calle saludando a los que te topas, al estilo de la escena de la peli de Disney “La Bella y la Bestia” donde todo el mundo se saluda de bonjour. Difícil será hacerlo en todos nuestros trayectos diarios, pero probemos con por lo menos la gente de nuestra cuadra.

Parece un detalle muy pequeño, pero es a través de detalles que podemos recuperar nuestra humanidad y generar de nuevo comunidad. Así que, como al parecer para incitar a la gente a alguna acción en los medios digitales es necesario usar un hashtag y el título RETO, los invito aunque sea por una semana, con la gente de su cuadra apliquen el #retocomotellamas y posiblemente nos daremos cuenta que realmente existe un mundo increíble más allá de nuestro círculo social y si tenemos suerte, hasta Doña Flora, nos fiará por primera vez en su vida.