Por Gabriel Cruz

Un foso de agua en la negrura de la noche es depositario de tu cuerpo. No ves nada, no oyes nada, te hundes y manoteas para evitarlo. Es inútil, la oscuridad te engulle. Unos brazos intentan sacarte de ahí y evitar que te ahogues, pero en tu desesperación pateas a quien te quiere ayudar y los dos acaban con los pulmones llenos de agua y de oscuridad.

Un instante en la vida de Bruce, un policía escocés, se convierte en una hora y media de agonía, en la que todo aquello de lo que pudiera asirse el personaje para detener su caída, irremediablemente lo destruye y garantiza, así, el éxito de su fracaso.

Trainspoting (1996) ya nos había mostrado hasta qué punto la degradación puede destruirnos y que sólo siendo muy inteligentes se puede evitar la catástrofe. “El que no tranza no avanza”. Jon S. Baird, joven director escocés, nos enseña que, ya que tranzaste y avanzaste, el éxito es sólo un caramelo que se disuelve prontamente en tu boca para dejarte, al final, un sabor amargo.

En Filth, Baird nos presenta la vida de este policía de mediana edad que se nos va revelando, poco a poco, en una sucia sinfonía de eventos. El oficial Bruce es lo más lejano al héroe que el cine suele plasmar en la pantalla y su presencia es tan real que cada vez que comete un abuso podemos sentir que somos sus víctimas o sus cómplices. La realidad que vive este personaje no está lejos de la nuestra y conforme avanza la historia nos queda más claro el porqué.

Para poder encumbrar a Bruce, el policía corrupto, como el gran personaje de esta obra, el director y el mejor James McAvoy que haya visto el cine, lo colocan rodeado de seres que aportan a su histeria. Figuras que suelen ser victimarios de otras pero que, frente a él, se convierten en víctimas: junkies, losers, dominatrices, gays closeteros, homofóbicos, delincuentes. Bruce no es el resultado de sí mismo, es lo que su contexto ha creado: su familia, el cuartel de la policía, Edimburgo, Escocia, el mundo.

Resulta complicado no encontrar en esta película referencias al contexto mexicano o  latinoamericano en general. Las situaciones de corrupción, violencia, misoginia, psicosis y abandono son algunas con las que te sentirás plena y felizmente identificado.

Llena de recursos visuales que nos recuerda a la citada película de Danny Boyle y co escrita por Irvine Welsh (tanta coincidencia no era nomás porque sí), Filth golpea continuamente nuestros sentidos, presentándonos grotescas escenas llenas de humor, que penetran las capas ocultas de la psique del personaje y muestran lo que hay en la oscuridad de la mente (no sólo de la suya, también de la del resto de los personajes y de la nuestra).

Jon S. Baird no es un director muy conocido. En realidad, sólo ha dirigido un largometraje además de Filth y está trabajando en otro. Ambas son biografías de personajes conocidos, a diferencia de ésta en la que sus habilidades como  director de ficción se muestran a plenitud, a tal grado que es muy fácil perder el rumbo.

Por supuesto, está de más decir que hay que acompañar esta peli con un scotch. Yo lo tomo derecho, pero si lo prefieren en las rocas, está bien. Que el hielo sea una metáfora más del frío que siente el oficial Bruce en su corazón.

Título: Filth

Dirección: Jon S. Baird

Año: 2013

País: Reino Unido, Alemania, Suiza, Bélgica, Estados Unidos.

Duración: 97 minutos