Por Gabriel Cruz

 

La idea de la inteligencia artificial es casi tan antigua como la cultura humana. En la mitología judía medieval se menciona a un ser creado con barro en cuya frente un rabino escribe las letras del alfabeto hebreo guimel, lamed, mem (גלם), que significan “un corazón que entiende el conocimiento”. Esta criatura llamada golem deberá obedecer a su creador durante su existencia. En el año 42 del siglo pasado, Asimov propone, en su literatura de ciencia ficción, las tres leyes de la robótica que, en resumen, dictan que cualquier ente que posea inteligencia artificial deberá proteger la vida humana, incluso sobre la propia. Hace exactamente 75 años, sugerir que un ser creado por los humanos tuviera la capacidad de acabar con ellos y que, por tanto, debían protegerse programando a estos seres para que no hacerlo, parecía una posibilidad aterradora pero poco probable. Hoy en día, después de tantas novelas, películas, cómics, parece algo que pudiera ocurrir mañana mismo.

Hace 27 años vi por primera vez Blade Runner (1982) y fue también la primera vez que me pasó esta idea por la cabeza. Nunca antes había temido a esa posibilidad y nunca como ahora la veo más cercana. En este momento, no me cuesta ningún trabajo pensar en un nexus torciendo mi cuello y dejando caer mi cuerpo inerte al suelo para después conquistar el mundo para las máquinas. Bueno, eso, o enamorarme de un robot que después romperá mi frágil corazón. Eso sí que estaría cabrón.

Esta vez, un poco para compensarlos por mi ausencia de la semana pasada, les recomendaré dos películas. Ambas tocan el tema de la inteligencia artificial (o IA), pero cada una con sus particularidades. Aunque me queda claro después de ponerlas juntas, que de ninguna forma, confrontarnos a seres que creamos para superarnos nos dejará bien parados.

Her

El director de muchos y muchos videos musicales, Spike Jonze, se ha aventurado ha hacer largometrajes por cuarta ocasión. Cómo ser John Malkovich (1999), El ladrón de orquídeas (2002) y Donde viven los monstruos (2009) son las producciones que preceden a este filme. Todas inteligentes, todas melancólicas, todas hermosas y Her no es la excepción. En esta ocasión y haciendo lo que sabe hacer mejor, el director nos presenta a un personaje sumido en una profunda depresión. Outsider por convicción, alejado lo más posible de las relaciones humanas pero al mismo tiempo con una gran capacidad para leer las emociones, los sentimientos y el pasado de los demás, y capaz de escoger las mejores palabras para expresar los más profundos sentimientos. El problema que tiene es que no lo hace con quienes debería, en realidad, tomando el papel de un Syrano de Bergerac, Theodore escribe cartas para terceros. Él recoge anécdotas, datos, información en general, y lo convierte en palabras que diría una persona a otra, pero jamás él mismo. Su voz propia está apagada y esto le arrastra a la soledad. Esto se acaba en el momento que se enamora de nuevo y, gracias a ello, logra salir un poco de este aislamiento y darle un nuevo sentido a su vida. Lamentablemente y a pesar de que Samantha le corresponde, él no puede verla, ni tocarla. Samantha, la mujer perfecta, está ahí en todo momento, pero es intangible. Samantha es el nuevo sistema operativo de su computadora.

Jonze suele confrontar a sus personajes con situaciones en las que deben encarar sus propios miedos y carencias encarnados en seres que no necesariamente son reales. Esto permite al espectador observar características que no necesariamente son interpretadas por el actor que encarna al protagonista, sino por el co-protagonista. Theodore refleja en Samantha todo aquello que anhela, así como cualquiera de nosotros lo hace con la propia pareja, sólo que, en este caso, pareciera que él se autoengaña con la intención inconsciente de sustituir a su expareja con algo que se parece a lo que él esperaba de ella. Básicamente, una mujer que no lo cuestiona por sus particularidades. Samantha, por su parte, es joven, muy joven (recién instalada en la computadora de Theo) y, aunque tiene la capacidad de asimilar el conocimiento humano de una forma vertiginosa, no sabe cómo interpretar las emociones que siente o cree sentir, de hecho le angustia que todo ello sea sólo parte de su programación y no amor humano como le gustaría.

Her nos confronta, en distintos niveles, con las relaciones de amor. Por una parte, la forma en la que colocamos en la persona de enfrente cualidades que, probablemente, no tenga pero que nuestros anhelos exigen. Por otra, nuestra capacidad de soportar condiciones casi absurdas con la promesa (formulada en nuestra propia cabecita) de que seremos felices si las aguantamos. Y, por último, el enfrentamiento a que la persona con la que tenemos una relación sentimental es un ser individual y no está a nuestra disposición; que no podemos coartar las necesidades que ella tiene de conocer el mundo a su propio ritmo y deseo y que si no podemos llegar a un acuerdo sobre las necesidades de ambos, lo mejor es decir adiós.

Ex Machina

Las óperas primas de gran calidad siempre me entusiasman. Alex Garland tenía mucha experiencia como guionista y sobre todo como uno de ciencia ficción. A él le debemos el rescate de un gran personaje de cómic en Dredd (2012), después de que lo hicieran pedazos en la versión del 95, 28 días después (2002). Originalmente, Garland inició como novelista y una de sus obras, La Playa (1996), se llevó a la pantalla grande en el 2000: ahí empezó todo. En Ex Machina, Garland nos muestra a Caleb, un outsider (sí, otro) quien suele refugiarse en la tecnología para escapar de su miserable, triste y solitaria vida. Tras ganar un concurso en su trabajo, una compañía de tecnología, es llevado a la casa del dueño. Ahí podrá convivir con el genio que creó la empresa y conocer sus nuevos proyectos.

Caleb conoce, en la fortaleza del excéntrico Nathan, a Ava, una extraordinaria mujer que lo hace dudar hasta de su propio nombre. Caleb descubre muy pronto que su visita en este sitio es, en realidad, un pretexto para hacerle un examen a Ava. Los resultados deberán arrojar si ella, una entidad de inteligencia artificial, es capaz de razonar y sentir al nivel de los humanos promedio (promedio porque se ha confirmado que la capacidad de razonamiento y desarrollo de sentimientos de seres como Peña Nieto o Trump fueron alcanzadas por las primeras calculadoras de bolsillo).

Ava, a diferencia de la Samantha de Her, además de ser corpórea no tiene acceso a la cantidad de información que la red proporciona; por lo tanto su actitud es sumamente inocente, casi como una adolescente. Caleb siente una gran fascinación por esta cualidad, él quiere ser su protector y sacarla de la cárcel en la que se encuentra y llevarla a un crucero peatonal, como ella anhela, para observar a los humanos que por ahí pasan e intentar conocerlos.

En Ex Machina, la trama no nos permite saber qué rumbo tomará la historia. La actitud sombría, maníaca y violenta de Nathan nos sugiere un rumbo; el ser obsesivo, tímido y solitario de Caleb nos presenta otro; y la inocencia y miedo de Ava otro más (aunque la sumisa esclava de Nathan, Kyoko también nos hace plantearnos otras posibilidades). Una trama sencilla llena de reflexiones sumamente complicadas sobre nuestras futuras relaciones con los seres que los humanos crearemos. La moralidad de nuestro comportamiento con aquellos que creemos inferiores está presente en todo momento y da miedo pensar en lo que seguramente terminaremos haciendo.

Tanto Alex Garland como Spike Jonze hacen uso de la imagen para apoyar sus discursos, Por una parte, Jonze nos presenta una extraordinaria fotografía dirigida por el suizo Hoyte Van Moytema, quien se hiciera famoso en Estados Unidos por la cinematografía de la versión original de Déjame entrar (2008). En Her, el fotógrafo presenta un guión visual que evoca la pintura impresionista inundando de luz las tomas, ya sea con el sol de frente o con reflejos de este. La cámara sigue por todas partes a Theo, balanceándose con el vaivén de sus emociones y la música de Arcade Fire, en una futurista y muy real Shangai o en las playa de Santa Mónica en California. En contraste, Rod Hardy, fotógrafo de Ex Machina. sostiene el concepto minimalista de la trama con cámaras fijas, planos simétricos y profundidades marcadas con la iluminación que la arquitectura proporciona. Los ambientes que la película sugiere son inmaculados, estériles y perfectos.

Ambas películas son verdaderos planteamientos de terror sobre nuestro futuro muy próximo. Casi como en un capítulo de Black Mirror (2011-), los pequeños detalles que conllevan el uso de las tecnologías y cómo estas nos deshumanizan cada vez más están orgánicamente integrados en los guiones. En Her, por ejemplo, la mirada humana se pierde en la pantalla de los dispositivos y nunca observa el contexto; las relaciones humanas se mantienen a través de la intervención de empresas que se dedican a expresar las emociones de sus clientes, el amor a un ser que sólo existe en la nube informática se normaliza. En Ex Machina, las empresas de tecnologías en línea tienen el control de todo lo que concierne a nuestra vida diaria, nuestras rutinas de consumo, de comunicación, de creación. Esa información es sumamente valiosa, con ella pueden enviarnos mensajes personalizados a nuestras redes, nos hacen consumir productos que no necesitamos pero que nos enamoran al verlos, pueden influir en decisiones banales o trascendentales de nuestra vida. Son nuestros amos y, en cuanto chasquean los dedos, nosotros obedecemos sin chistar. ¿Te parece conocido? Es porque tal vez ya lo estás viviendo.

Este pequeño maratón sobre IA es para pasar un entretenido fin de semana, para sacar cualquier angustia sobre la vida y relajarse en la comodidad del sillón. En esta ocasión no tengo una sugerencia para maridar las películas. Creo que debe ser alguna bebida que los haga sentirse reconfortados, queridos y apapachados. Digo, para sobrevivirlas.

Título: Her

Dirección: Spike Jonze

Duración: 126 minutos

Año: 2013

País: Estados Unidos

Título: Ex Machina

Dirección: Alex Garland

Duración: 108 minutos

Año: 2014

País: Reino Unido