por: Mayo Nieto

¿Se puede decir que las ideas son bellas? ¿Cabría tal cualidad estética para algo tan abstracto como “un pensamiento”? Si ese es el caso, entonces debemos tener en el cerebro una especie de “salón de belleza” cuya función sería maquillar y embellecer nuestras ideas.

Un ejemplo de estas ideas bellas fue propuesta por Nicolás Copérnico en 1543, al concebir el sistema solar como un conjunto de círculos perfectos concéntricos alrededor del Sol. Es posible que la belleza del modelo haya tenido que ver con el temor de enfurecer a la Iglesia Católica (que de todo enfurece), que defendía la idea que la Tierra era el centro del mundo. Si Dios era el hacedor del universo y el Sol era su centro, tendría que ser hermoso y perfecto en su arquitectura. Cuando la gente empezaba a hacerse a la idea de tal hipótesis, menos de un siglo después apareció Johannes Kepler y sus tres leyes, en donde establecía, de acuerdo a precisas observaciones, que las órbitas de los planetas no eran circulares sino unas horribles elípticas. Muy a su pesar, porque siendo un profundo creyente, le costaba trabajo entender que Dios no hubiera construido el universo con figuras armónicas y simétricas. Pero cedió al peso de la realidad que la ciencia le mostraba.

Tal necesidad de entender la realidad en función de ideas simples y bellas no es culpa de la iglesia medieval. Mas bien, las iglesias se han aprovechado de nuestra necesidad de contar con ideas simple y bellas, para proveernos de una explicación inmediata del mundo (como lo hace cualquier religión), y que parece necesaria para no enloquecer de incertidumbre y temor, entretanto podemos comprender de otra manera las cosas.

Hay muchos ejemplos contemporáneos. La idea de que los hombres funcionan con el hemisferio derecho y las mujeres con el izquierdo es bella, pero es falsa; como también lo es que en un matrimonio “lo que importa es el amor” o que escuchar música clásica hace a los bebés más inteligentes. También ocurre con propuestas científicas serias que durante mucho tiempo son aceptadas como válidas. En 1950 Alfred Kinsey propuso la revolucionara idea que la preferencia sexual se extiende en un espectro “hetero-bi-homo” y que por lo tanto la homosexualidad no existe como una categoría sino como en una dimensión (todos tenemos algo de gays, salvo una mínima parte de individuos exclusivamente heterosexuales). Tal idea es muy bella. Combina bien con la defensa de posiciones tolerantes y abiertas hacia la homosexualidad (a las cuales me adhiero). Y sin embargo hay datos (que nunca se habían buscado porque estábamos conformes con idea tan bella), de que ello no es totalmente correcto. Puede que sí exista una categoría, lo cual si bien no justifica la exclusión, no es una idea tan bella para quienes defendemos posiciones incluyentes.

¿Por qué embellecemos nuestras ideas? Parte de la culpa la tienen los llamados “atajos cognitivos”, una tendencia de nuestro pensamiento a gastar el mínimo esfuerzo para alcanzar la comprensión de un fenómeno para poder tomar una decisión. No importa que esta comprensión esté equivocada, si es rápida, sencilla, y “bella” (significa que se aproxima a nuestras expectativas, abona a nuestros intereses, legitima nuestros sentimientos), entonces debe de ser correcta y será difícil convencernos de lo contrario. Es posible que hasta un 90% de las decisiones que tomamos en la vida se realicen a través de estos atajos (también llamadas “eurísticas”). Esto incluye decisiones triviales (elegir el carril en una avenida, o elegir una caja para pagar en el supermercado), hasta aquellas de gran transcendencia (contraer matrimonio, pilotear un avión, establecer un diagnóstico médico). Ahora bien, estas conclusiones o decisiones tomadas a través de atajos no necesariamente están equivocadas; a mayor experiencia e intuición, habrá mayor probabilidad de que una decisión rápida sea correcta. Pero muchas también están erradas.

Daniel Kahnaman, Premio Nobel de Economía en 2002, propuso que en condiciones de incertidumbre, las personas toman decisiones alejadas de la probabilidad. Son irracionales, pues. También, que las personas tendemos a no aceptar tal irracionalidad, y que entre más expertos somos en la materia, más irracionales somos y menos lo aceptamos.

En pocas palabras, la mente tiende al ahorro de energía, se encuentra por default en modo economizer. Siempre tratará de llevar a cabo los menos pasos posibles para tomar una decisión. Nos da flojera analizar, buscar información, tomar en cuenta datos de la realidad, sopesar opciones, establecer explicaciones alternativas, etc. El “salón de belleza” mental tiene un papel muy relevante en este proceso.

Como aprendimos en la primaria, el cerebro humano es un cerebro proporcionalmente mucho más grande que cualquier otra especie. Gracias a este incremento de tamaño, principalmente en su parte frontal, es que pudimos desarrollar capacidades que hoy incluimos de manera general en eso que llamamos “inteligencia humana”, y que incluye el lenguaje, la meta-cognición (saber como se sabe), la conciencia, la capacidad de visualizar el futuro, la empatía, y otras. El crecimiento del cerebro requirió una mayor inversión de energía al grado que un 20% de todas las calorías que consumimos en la dieta son para uso exclusivo de las funciones cerebrales.

Hay que tener en mente que a diferencia de hoy en día, cuando la oferta calórica en el planeta es abundante, hace un millón de años era muy escasa. No era fácil obtener la energía necesaria para el desarrollo de la especie. Por ello el pensamiento se volvió a mismo tiempo avaro y además dirigido a obtener la mayor cantidad de calorías en el menor tiempo posible. En la maravillosa mini-serie “Cooked” (Netflix), Michael Pollan explica que cocinar los alimentos fue un momento clave para la humanidad, invento fundamental que hizo posible, a través del fuego o de la fermentación, obtener del planeta su energía potencial, volviendo comestibles los cereales y la carne animal.

En el libro “Pensando rápido, pensando lento”, Kahneman describe el siguiente experimento (que cualquiera puede reproducir): Dos personas se encuentran caminando a paso veloz en un parque. Una de ellas le pide hacer un ejercicio mental (restar dígitos consecutivos a una serie). Conforme el ejercicio se hace más complicado y obliga a emplear mayores recursos cognitivos, la persona se siente más incómoda y poco a poco irá disminuyendo su velocidad hasta quedarse totalmente inmóvil. Es como si ante un gran esfuerzo mental, el cerebro ordenara suspender la inversión energética en la motricidad, y egoístamente, dirigiera el metabolismo exclusivamente hacia el cerebro.

El aprendizaje y la memoria no es otra cosa que un mecanismo diseñado para ahorrar energía. Una vez que hemos aprendido algo, es menor el esfuerzo para realizar una tarea o tomar una decisión. Por eso, si algo aprendimos mal, no es fácil corregirlo. O si gastamos recursos en aprender cosas inútiles, nos harán falta para aquellas cosas de mayor importancia. Conforme mayor “desgaste” cognitivo tengamos, con mayor rapidez nos convenceremos de cosas fáciles que iremos “embelleciendo” (las haremos a nuestra imagen y semejanza), aunque sean totalmente falsas. Sucede todos los días en el Facebook: noticias, campañas, memes, movidos por ideas erróneas pero que se parecen a un dulce de fácil digestión. Que ello nos suceda en ámbitos de interacción informal podría no tener tanta importancia (aunque la tiene), pero también sucede en escenarios formales de investigación científica. Un usuario de Facebook que comparte cualquier fácil pendejada que “explica” la realidad, se parece a un investigador que cita sin verificar referencias que apoya su hipótesis. Ambos están utilizando “atajos cognitivos” que le ahorran calorías al cerebro para utilizarse en actividades motrices, embelleciendo ideas con tal de no abandonarlas.

La idea misma del “embellecimiento de las ideas” es una idea bella que probablemente sea imprecisa o tal vez (me niego a aceptarlo) falsa.

Porque al final de eso trata la idea más difícil de abandonar: el amor. Una idea redonda, concéntrica, pitagórica, resistente al agua de lluvia, pero soluble en el tiempo. El atajo más corto al paraíso, el camino más largo hacia la muerte. Una idea perfecta que solo pudo hacer Dios.

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Mayo Nieto (aka El Mayoscuro)

Psiquiatra potosino. Se la vive homéricamente añorando el Paraíso Perdido, que identifica en su Rioverde natal. Le gusta hacer cosas que no sabe hacer bien (como cocinar y cantar), pero que igual le aplauden la gente que lo quiere. Su vida es una mermelada, espesa, dispersa y perversa, pero eso si, llena de dulzura.

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