por: Nalleli Morales

Punto y aparte del cliché de hacer el desayuno con la camisa de mi inexistente novio a medio cerrar -caso particular en que el dolor y el amor son puntos equidistantes al corazón- intuyo que las camisas son el remedio perfecto para el dolor. O al menos lo son para papá y deberían serlo para mí, si es que la regla del “somos igualitos”, que verifico en mi intolerancia al frío, al ruido y a ciertas personas, es verdad.

De niña papá era el encargado de llevarme al doctor, al menos al dentista y a los exámenes de sangre, episodios escalofriantes para cualquier niño, de los que rescato tres constantes: papá durmiendo en la sala de espera, como resultado de su insomnio eterno, y papá sosteniendo la respiración al verme tendida en la silla del procedimiento.

En la recta final de mis treintas, sostengo la respiración como él cuando alguno de los míos la está pasando mal. Peor aún, inmovilizada por un dolor que sin freno hago mío, pierdo la elocuencia y busco la salida -literalmente busco un pretexto para alejarme- y me convierto en una amiga/hermana/madre/consejera inútil, incapaz de dar abrazos cálidos, palabras consoladores o miradas de aliento.

Papá nunca huiría, y he aquí que observo la tercera constante, abriendo una brecha entre su templanza y mi total falta de control: sus camisas.

Sentado junto a mí, y dificultando las maniobras del médico en turno, Héctor se llevaba la mano a la bolsa de la camisa, sacaba un papelito y me sumergía en historias bordadas con los pendientes de su día; otra vez la mano a la bolsa, para improvisar la biografía de un señor cualquiera a partir de las cuatro líneas de su tarjeta de presentación; otra más, y rescataba una anécdota de un ticket o un recibo de pago. Así pues, que el buen hombre repetiría la misma operación, sorprendiéndome siempre con un relato distinto, en tanto que la sesión de sufrimiento, inducido por el personaje de bata blanca, no terminara.

Más de veinte años después, en casa ya no hay niñas a quiénes llevar al médico, y son pocos los sinsabores -míos o de mis hermanas- que papá puede aliviar, aminorar o distraer. Sin embargo, pasado el tiempo y con todo y su smartphone de última generación, él conserva la bolsa de la camisa llena de papelitos: para no quedarse nunca sin palabras -asumo- y como pretexto para tocarse el corazón sin que nadie lo note -adivino-.

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Nalleli Morales

Matemática frustrada, estratega por cosas del destino, terapeuta por diversión y amante de las bolsas de lujo (sólo tiene 83)…Le gusta lucir sin ser centro de atención. Prefiere las amistades profundas que aquéllas que sólo hacen charla de pasillo, y es mamá de un “niño bien”, a quien le da dinero según la cantidad de likes y comentarios que logra tener en su fan page.

Su locura mezclada con amor se manifiesta en poemas intelectuales y encantandores.

Siempre logra hacerte pensar en las cosas desde otra perspectiva. Es un amor oculto en un reino de maldad.