Por Marisol Miranda

Hace poco menos de un mes me estaba cambiando para ponerme algo apropiado para ir a mi primer funeral del año; debo admitir que con el background que me cargo, haberme esperado hasta finales de septiembre para aparecer en un funeral fue como un récord, y aunque fue una muerte no cercana a mí, definitivamente si se volvió un recordatorio de que la vida se acaba y sobre todo de que se acaba mucho más rápido de lo que imaginamos.

                Comentando acerca de ese velorio al que fui me di cuenta que a lo largo de mi vida he ido a más funerales que a bodas o bautizos, y de esto llegué a dos conclusiones significativas, la primera: que es más probable ir a funerales dado que podría ir al funeral de un completo desconocido sólo porque es alguien cercano a alguien que es cercano a mí, lo cual no haría con una boda, y la segunda: que las penas con compañía no saben tan mal.

                Diez días después del mencionado velorio, me veía otra vez alistándome para otro último adiós, y aunque esta vez sí era de alguien cercano a mí, la atmósfera, el sentimiento, y la dinámica de todo lo que estuvo alrededor de esta muerte fue muy diferente.

                Por cuestiones de nuestra dinámica familiar, me tocó darle la noticia a dos de mis primos pequeños y eso me hizo caer en cuenta de lo diferente que vivimos el mismo suceso, y de los duros que los adultos nos volvemos con el paso de la vida (o al menos de lo dura que me he vuelto).

                Me puse a pensar cómo es que siendo la muerte, lo único que verdaderamente tenemos seguro, es algo que viene a mover de manera tan abrupta el rumbo de la vida de los que nos quedamos. De pronto estaba yo frente a mi primito de 10 años, diciéndole que una de nuestras tías tan queridas había ya perdido su batalla contra el cáncer y estaba él viéndome fijamente hasta que el sentimiento lo abrazó y no pudo contenerse más.

                Con ojos llenos de lágrimas me dijo que estaba bien y que se iba a quedar tranquilo, y con corazón de adulto le dije que le creía, que sabía que le dolía, que no pasaba nada si necesitaba tomarse un momento, pero que todo iba a estar bien y con corazón de niño me creyó. Me creyó lo que cree un niño que rápido olvida, y veinte minutos después le vi llorando con todo lo que tenía en el alma, y entonces mi corazón de adulto, frío, duro y fuerte se deshizo al verlo sufrir.

                ¡Qué rápido pasa la vida! Y que rápido se olvida lo que es sentir con todo lo que hay dentro del ser. Qué fácil es aprender a dejar de sentir, a dejar de ser vulnerables, a desconectarnos y qué complicado es recuperar esta habilidad de poder reconocer emociones y volver a hacerlas propias.

Qué complejo es ser capaz de sumergirse en cada una de las emociones que experimentamos en el día a día y dejar las prisas a un lado para poder sentir con corazón de niño cueste lo que cueste. Es que, de verdad qué simple se vuelve la vida así, sin sentir, evitando sufrimientos, huyendo de la incomodidad que ciertas emociones producen, y “disfrutando” sin realmente gozar de aquellas cosas extraordinarias que nos rodean.

Es que esto de la vida de adulto, es más aburrido de lo que nos imaginamos de chicos, y aunque tiene sus ventajas, los funerales y los corazones duros no son parte de ellas. ¿Tu corazón dónde anda? ¿Hecho piedra, olvidado junto con tu niño interno; aflorando como niño sin chupón o en un punto intermedio donde rige la razón y a veces gana el impulso? Ande donde ande, nomás que siempre ande con alguien, que así las penas se dividen y las alegrías se multiplican.

P.D. No importa cómo esté tu corazón, ni donde ande, siempre y cuando tu vida no necesite funerales que te sirvan de llamados de atención.

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Marisol Miranda

Celayense de nacimiento. Chiapaneca de corazón. Nómada por elección. Amante del cambio, la adrenalina, las aventuras y la felicidad. Siempre busco hacer más cosas que me hagan feliz y escribir es una de ellas.

@MarisolMir