Este cuento es parte de una serie de historias cortas por Sofía Lustig

Crecer con una mamá esquizofrénica no ha sido fácil. De niña vivencié momentos muy extraños. Había días en los que sentía que nos amábamos, y otros en los que sabía que no podía acercarme a ella porque era muy probable que se enojara conmigo y hasta me gritara en la cara. De cuando en cuando, desaparecía por meses. Aún lo hace. Le gusta aislarse. De pequeña mi padre explicaba sus ausencias diciendo que había ido a visitar familia lejana. Recuerdo las veces que le quise dar un abrazo y, en medio de un ataque, me empujó al piso. Los días en los que me quiere hablar siempre estoy ahí para ella, y aún disfruto compartir momentos de regocijo, aunque sea ella quien disponga de ellos. Ahora ya no es violenta físicamente, aunque si a veces verbalmente. Por suerte ella encontraba refugio en la escritura, y ciertamente era muy buena en lo que hacía. Cuando trabajaba en un proyecto parecía que su vida finalmente cobraba sentido. A veces cuando se sumergía mucho en su trabajo se volvía fría y hostil, pero eso no me molestaba. Me gustaba saber que estaba haciendo algo que amara, aunque sintiera que lo amaba más de lo que me amaba a mi.

 

Esa era la instancia que ahora estaba atravesando. Las pistas estaban sobre la mesa y era evidente: Se había alejado de todos y dejado de bañar. Andar sucia por la vida era, a mi entender, su rebelión; su forma de decirnos “te odio” a los que la rodeábamos. De cualquier manera ella no lo admitía, sino que decía que no bañarse era parte de su proceso creativo. Después de todo, escribir libros de auto-superación no es tarea fácil. Mi madre se sentía muy especial porque ya era una eminencia en el tema, habiendo escrito por lo menos diez publicaciones que habían vendido muy bien. Yo tenía todos los ejemplares, los compraba apenas salían a la venta y devoraba en cuestión de días. No porque me interesaran todos los temas sobre los que escribía, sino porque sentía que leerlos me acercaba mas a ella. Por escrito era muy cálida y reflexiva. Yo subrayaba las frases que más me servían en momentos de dolor, y a veces me gustaba imaginar que me las estaba diciendo a mi. Era difícil para mi leer acerca de tanta calma viniendo de alguien que en su vida era todo lo contrario, pero me aliviaba saber que en alguna parte honda de su ser ella era un ser humano “normal”. Además, ayudaba a sentirse mejor a miles de lectores desconocidos. Cuando la veía sufrir un ataque nervioso recordaba algún pasaje de sus textos que me había marcado, y ver la contradicción tan vibrante me resultaba un espectáculo. Aún hoy tomo consejos de sus libros antes de tomar algunas decisiones. Después de todo, siempre había sido una buena madre; los mejores consejos que he sabido obtener habían salido, de alguna u otra manera, de ella.

 

Esteban pidió permiso para invitar a Matilda a la boda, y ella estaba encantada con el plan porque lo veía como una oportunidad para conocer hombres. Para la ocasión invirtió fortunas en peluquería y maquillaje. Cuando volvió a casa después de pasar cuatro horas en la estética, verla me generó una gran diversión. Su cabellera estaba inflada como la melena de un león, desmarañada y atestada de fijador. Los ojos, delineados con un lápiz negro y grueso, hacían resaltar el carente verde de su iris. Si algo no sería aquella noche, era “invisible”. Además, portaría un vestido de piedras plateadas largo hasta el piso, con un tajo profundo y la espalda descubierta. No había forma de que pasara inadvertida. Desde el primer instante en que pisó la recepción del evento, ella estaba en boca de todos. ¿Quién era aquella mujer pintarrajeada y diminuta que nadie conocía? De lejos se confundía con Gloria Trevi. Todos la miraban y ella caminaba con la gracia de una gacela. De cerca, el olor a fijador mareaba un poco. Matilda estaba radiante y feliz como nunca. Evidentemente la soltería le sentaba bien. Nos sentamos, con el grupo de amigos de Esteban, a una mesa vasta junto a los novios; eran los mismos de siempre, sólo que ahora vestidos de punta en blanco y dispuestos a bailar hasta sacarle brillo al piso. Los novios eran, del grupo, a los que yo menos conocía. Noté que cuando Esteban se acercó a saludar a Carla, la novia, le habló al oído por un rato largo. Luego se abrazaron. Me sorprendió que, pareciendo ser que se conocían tanto, ella no hubiese salido casi nunca con nosotros ni él la hubiese mencionado demasiado. Con el novio, en cambio, no pareció tener mayor relación.

Carla era larga y flaca, y un tanto encorvada. Tenía el pelo café, con reflejos rubios luminosos que nacían desde la raíz. Era linda, aunque tal vez algo insulsa. Noté que bajo sus ojos tenía pozos de color un tono mas obscuro que el de su piel que, aún con el maquillaje, eran imposibles de ocultar. Tenía los labios finitos y cuando sonreía evidenciaba lo grande de sus encías. Al verla fundirse con Esteban en aquel cálido abrazo noté que tenía unas manos muy bonitas, con unos dedos largos y refinados. Me pregunté si tocaría el piano.

 

Finalmente llegó el momento del brindis, y el padre de la novia fue el primero en hablar.

—¡Por fin! Después de tanta espera… Realmente pensamos que nunca iba a suceder. ¿O no, Marta? — le preguntó a su mujer con un guiño. Ella asintió. —Quiero hoy darle las gracias a Dios y a la vida por darme la oportunidad de ver a mi hija casarse…— luego miró a la novia a los ojos. —Cuando cumpliste 40 ya nos habíamos dado por vencidos. — Lo dijo en tono de chiste, y la novia y todo los presentes se rieron. —Pero aquí estás, casándote de blanco. — su mujer sollozaba emocionada. A esta altura, ¿Quién lo hubiese imaginado?

 

Sus palabras me resultaron algo ofensivas, aunque para el resto de los presentes aparentaban ser de lo mas normales y hasta sus chistes parecían divertir. Quise hacerle un comentario al respecto a mi hermana, cuando noté que ya no estaba sentada al lado mío. Divisé su melena a lo lejos. Hablaba en el jardín a carcajadas, rodeada por tres hombres.

 

Luego pronunció unas palabras Marta, la madre de la novia, a quien su llanto enloquecido no dejaba hablar con claridad.

 

—Hoy es de los días más felices de mi vida. Además de estar casándose, nos emociona anunciar que nuestra hija nos dará un nieto. —Compartió conmovida. Todos aplaudimos, el novio le acarició la panza a su mujer y los dos se besaron.—Nos hiciste esperar…¡Doce años estuviste con tu anterior novio que no se quería casar. Yendo y viniendo, peleándote y reconciliándote…Básicamente yendo a ningún lado.

 

Todos rieron nuevamente. ¿Era yo la única que pensaba que estas bromas no eran muy chistosas? ¿O acaso estaban hablando en serio?

 

El novio, entre carcajadas, pidió un micrófono para interrumpir las palabras de la señora.

 

—Y a él le quiero agradecer… ¡Gracias! — articuló entonces, con la mirada clavada en nuestra mesa.

 

Esteban se levantó del asiento y recibió el caluroso aplauso de todos los presentes. Yo comencé a sentirme inquieta, y creo que hasta la cara se me tornó colorada.

 

—Querido Esteban, gracias por allanarme así el camino. ¡Me haces quedar bien con muy poco! — Prosiguió el novio, chistoso.

Todos reían a carcajadas como si se tratara de un show de stand up. Yo me reí nerviosa, sólo para no desentonar.

 

La novia le tiró a Esteban un beso en el aire.

 

Esteban había estado en pareja durante doce años y yo no estaba enterada. No es algo tan terrible, ¿No? El hecho de que yo no tuviera un gran pasado sentimental no implicaba que él tampoco podría haberlo tenido. “¿Habrá tenido relaciones con mas de sus amigas del grupo? “ me pregunté enseguida.

 

De pronto sentí que yo también estaba perdiendo el tiempo con él. Si quería seguir el consejo de mi hermana y realizarme como mujer, debía dejar de salir con Esteban. El click de mi reloj biológico se escuchaba tan fuerte que me aturdía y no me dejaba pensar con claridad. Sentí un fuerte dolor en el pecho y luego mucho calor. Me aislé de la fiesta y la observé desde lejos, sintiendo desprecio por todos los presentes. Luego empecé a escuchar voces. Tal vez estaba teniendo mi propio ataque de esquizofrenia. Lo vi a Esteban bailar con la novia como grandes amigos. No me gustaba la idea de ser la pareja del “defectuoso”, al que Carla había descartado y que ahora era el chiste del momento. No quería conformarme con las sobras. Fui en busca de mi hermana, que ahora bailaba con dos de los hombres. Meneaba la melena de izquierda a derecha y ya se había despojado de sus zapatos para desplazarse con comodidad. Escuché a lo lejos que algunos, por pasar la velada rodeada de hombres, la habían apodado “La leona campeona”.

Escapé de Esteban toda la noche y me refugié en el whisky. Me di cuenta de que todos los asistentes estaban en pareja, a excepción de la leona desaforada y su sequito de seguidores. Rápidamente llegó el cotillón y vi a todos bailar La Macarena. Esteban se movía divertido con sus amigos y yo sentía que se había olvidado completamente de mi. Salir con Esteban era como salir sola. Sentí la respiración cortada y mucha ansiedad. No acostumbraba tomar tanto whisky, y menos mezclarlo con vino y champagne. Algunos presentes me miraron con preocupación y me sentí juzgada. ¿Me veía tan mal? Tomé asiento y pensé en mi mamá. Pensé en todas las veces que la había juzgado. Ahora la entendía un poco mas. Al igual que yo ella no era la mujer típica.

Después de toda una vida de verla como a una extraña, me daba cuenta ahora de que éramos más parecidas de lo que pensaba. ¿Qué consejo podría sacar en este momento de sus libros de auto-superación? La extrañé. Tomé el teléfono para marcarle y vi que ella ya me había ganado de mano. Para mi sorpresa, tenía diez llamadas perdidas de ella. Le marqué.

 

—Se murió mi papá. —me dijo frágil, apenas atendió.

—¿Dónde estás? — le pregunté, y sin dudarlo partí de la fiesta.

Para leer los capítulos anteriores:

  1. La patada de Búfalo
  2. La importancia de tener 2 ojos
  3. Los Swingers
  4. Galope
  5. La mujer invisible
  6. Pájaro que comió
  7. Lo que diga el comandante
  8. Políticas de la empresa

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Sofía Lustig

Doblemente expatriada y casada con un ninja. Estudió comunicación. Vive en una ciudad muy cara, y por eso tiene múltiples trabajos (uno para cada una de sus personalidades). Hace año y medio que está escribiendo un libro y, para fines de este, tal vez…tal vez… lo termine.

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