Este cuento es parte de una serie de historias cortas por Sofía Lustig

A diferencia de Esteban, noté que Máximo amaba estar en mi casa. Supe que se sentía cómodo cuando lo vi apoyar los pies sobre la mesita de la sala. Matilda nos acompañó y los tres pasamos largo rato hablando ininterrumpidamente. Unas horas y algunas copas de vino mas tarde la conversación se volvía mas íntima. Mi hermana y yo nos abrimos a contarle acerca de la enfermedad de nuestra madre, cosa que no hacíamos con cualquiera. Él, por su parte, compartió la historia de cómo había tenido a su hija mediante una clínica de reproducción asistida.

 

—No se si lo hayan notado, pero aquí en el brazo tengo unos números tatuados. — nos explicó enseñando su bicep marcado. —Bueno, este es el número de la donante.

 

—¿La conoces? — Curioseó Matilda.

 

—No. No me interesa.

—…Encontrar a alguien con quien tener un hijo hoy en día es muy difícil. Y si ya sabía lo que quería…¿Por qué esperar? — añadió después.

 

Máximo podría ser el hombre que estaba necesitando. Además de ser alto y fuerte, ya tenía una hija. Si me casaba con él la adoptaría como propia, y entonces no tendría que preocuparme por quedar embarazada ni tendría que parir (Cosa que me generaba gran alivio). La niña era grande y posiblemente hasta ya supiera sumar, restar y tal vez multiplicar. Estaría matando a varios pájaros de un tiro. No envejecería sola, me realizaría como mujer y dejaría descendencia, sin mayor esfuerzo. Todo se iba acomodando.

Matilda y yo nos enternecimos con su relato y él, orgulloso, nos mostró fotos de la niña.

 

—Valeria lo es todo para mi. —agregó enseguida. — A veces me olvido de que soy su padre y de que tiene solo ocho años… Y es que somos mejores amigos.

 

—A veces hablar contigo es como hablar con un niño…— le dije entonces. El vino ya empezaba a hacer lo suyo.

 

—…en el buen sentido de la palabra. — agregué. —Tienes esa felicidad e inocencia.

 

—Gracias. Creo que tu también la tienes. Lo noté apenas te conocí. Recuerdo que tenías el pelo amarrado en unas trenzas preciosas.— Contestó él. Su halago me hizo sonrojar. —Los adultos a veces pueden volverse muy depresivos. Yo elijo ver lo lindo de la vida. No hay como la esencia de un niño. —agregó después, mirando a Matilda, que lo observaba embelesada. Me gustó verla entretenida.

 

 

—¿Les molesta si tomo una ducha rápida y vuelvo? — Pregunté cuando hube terminado la tercera copa de vino.

 

—No, vas. Aquí te esperamos. — dijo Matilda.

Cuando me levanté noté que Máximo me estaba echando una ojeada a las piernas.

 

La conversación había estado fluyendo de una manera muy íntima y natural, y por eso me daba pena irme, pero procuraba volver pronto. Quería estar lavada y perfumada por si las cosas con Máximo se volvían mas íntimas en las próximas horas. Todo estaba siendo demasiado perfecto y no quería arruinarlo.

 

Me metí en la ducha y aproveché para rasurarme la entrepierna, abstraída en mis pensamientos. Imaginé mi vida como mujer de Máximo, y madre de una niña de 8 años. Pensaba en lo increíble que era él, rememorando lo cálido y entregado que había sido con mi familia. ¡Que diferente era de Esteban! Entonces, un sonido fugaz a mi espalda suspendió mis pensamientos y me sobresaltó. Máximo, desnudo, descorrió la cortina de par en par, descubriéndome a mi en plena tarea. No era así como quería que me viera desnuda por primera vez; ni en esa posición, ni bajo esa luz blanca que tan poco me favorecía. Hice desaparecer la rasuradora inmediatamente. ¿Cómo no lo había sentido entrar al cuarto? ¿Tan sumida estaba yo en mis pensamientos? Miré su cuerpo torneado en detalle. Me preguntó si podía pasar y, nerviosa, le contesté que si. Torpemente nos enjabonamos el uno al otro. Era tan alto que superaba la flor de la ducha y para enjuagarse la cabeza se tenía que agachar. Al ser el recinto tan estrecho apenas cabíamos los dos obligando así a nuestros cuerpos a rozarse constantemente. Palpar su espalda grande me estremeció. El me enjabonó de la cabeza a los pies sin olvidar el más mínimo hueco, y luego se agachó para darme el beso que tanto anhelaba. Aún no me había lavado los dientes, pero eso ya no me importaba. Intentamos varias veces tener sexo pero siempre con dificultad, pues el agua tornaba el asunto un tanto rasposo. Además, el acondicionador estaba deslizándose sobre mis ojos y los hacía arder. Tras las complicaciones, nos reímos y optamos por completar el baño en forma tradicional, posponiendo el encuentro para más tarde. Cuando volteé para enjuagarme la cabeza, sentí los pies calientes. Entonces me di vuelta y vi que Máximo, cómodo, estaba haciendo pis al lado mío.

 

—¡¿Qué estás haciendo?! — Grité perturbada.

El se rió.

 

—Tranquila. Todo se lava.

 

Máximo se sentía extremadamente cómodo. Yo aún no lo sabía, pero este era el inicio del fin. Poco a poco nuestra cita se comenzaría a desmoronar.

 

Salí de la ducha para ir a mi cuarto a cambiarme. Él vino detrás de mi, con un pequeño bolso en el que traía todo tipo de productos anti-age. ¿De dónde lo había sacado?

 

—Tu hermana es muy agradable. — me dijo mientras se untaba la crema en la cara.

 

—Si, lo es. Quiero ayudarla a rehacer su vida…

 

—Me imagino. — dijo él, a quien ya habíamos puesto al tanto de las novedades.

 

Lo miré encremarse la cara con cuidado, en especial los contornos de los ojos y las comisuras de los labios. También lo vi humectarse el cuello y los codos.

 

—Está buscando trabajo. — Disparé. —Por si sabes de algo.

 

Máximo se tomó un tiempo para pensar y luego dijo algo que me descolocó.

 

—La pondría a trabajar en alguna de las sucursales, pero tiene los dientes algo chuecos. No me gusta eso.

 

Lo miré esperando que me dijera que se trataba de un chiste, pero él hablaba con toda seriedad. Ahora se miraba en detalle la piel, hechizado por su imagen reflejada en el espejo.

 

—Además, en las tiendas solo contratamos a chavas jóvenes. —agregó mientras se sacaba uno o dos pelos del entrecejo con una pinza de depilar. —¿Dónde viste a una señora de 50 años vender una bicicleta? — aclaró, mirándome con una sonrisa.

 

—¿Qué tiene de malo? Tu tienes 50 y vendes bicicletas.

 

—Si, pero yo soy hombre… y aparte soy el dueño.

Él notó de inmediato como no me gustaba ni un poco lo que me decía.

 

—Bueno, es una política de la empresa. — remontó para salvar la situación.

 

Recordé ahora a la chica que nos había atendido en su tienda aquella vez, que era muy jovencita y usaba ortodoncia.

 

Se acercó y me dio un beso en la frente, antes de buscar en su bolso un nuevo producto para su pelo. Yo buscaba por todos lados el control remoto de la TV, en afán de encenderla para cortar la conversación. Como siempre, lo había perdido.

 

Lo observé colocarse el nuevo cosmético, dándole a cada chino de su pelo definición.

 

—Tal vez pueda trabajar con mi primo Charly. —me dijo después. ¿Tu hermana sabe manejar?

 

—Si. —Le dije con un poco mas de entusiasmo.

 

—Okay. Mañana a primera hora lo contacto si quieres. Siempre necesita ayuda.

 

Se acercó a la cama y, estirando el acolchado, encontró el control remoto. Elogió las sábanas diciendo que eran muy suaves, me alcanzó el control y besó mis labios. Luego me abrazó por detrás, buscando darle continuidad a la suspendida actividad. Yo encendí el televisor.

 

—¿Por qué necesita manejar? ¿De que se trata? —le pregunté interesada, mientras el besaba mi cuello.

—Charly es chofer en una funeraria.

 

Me di vuelta para mirarlo a los ojos.

 

—¿Estás bromeando?

 

—Traslada los cajones con los cuerpos. —me explicó pensando que tal vez no había sido lo suficientemente claro.

 

Su respuesta me desencajó.

 

—¿Y que te hizo pensar que ese es un tipo de trabajo que a ella le puede interesar?

 

—Bueno, eso no lo se. Pero lo podría intentar… Tampoco es que tenga tantas opciones.

 

—¿A que te refieres?

 

—Y…ya está grande. Va a ser difícil que consiga otro trabajo.

 

—Tiene una licenciatura y mucha experiencia en ventas.

 

—Si, pero también es vieja…

 

Sus palabras no me cayeron en gracia. Lo interrumpí enseguida.

 

—Estoy cansada y me quiero ir a dormir. ¿Te cambias y te acompaño a la puerta?— le pregunté alejándolo definitivamente de mi cuerpo.

 

—Me gusta tu casa. Estaba pensando en quedarme a dormir…¿Puedo? — me preguntó como un niño que le pide permiso a la mamá, mientras acariciaba mi brazo.

 

Accedí solo por cansancio.

 

—Bueno, pero mañana temprano te tienes que ir porque tengo cosas que hacer.— Le contesté, ahora como buena madre.

 

—Si, si. — contestó obediente.

— Buenas noches, — le dije finalmente, dándole la espalda y apagando la luz.

El buscaba volver a abrazarme pero yo lo apartaba de mi. Mi deseo sexual se habría comenzado a apagar en el momento en que su orina había entrado en contacto con mis pies.

 

Máximo sabía por mi reacción que algo de lo que había dicho estaba mal, pero no entendía exactamente de que se trataba. Insistía en abrazarme desde atrás como un niño que pide disculpas sin saber siquiera por que, solo para que le den su dulce. El no recibiría ningún dulce de mi parte aquella noche.

Su latente respiración en la nuca me incomodaba y hasta me hizo recordar a Carlos, aquel psicópata que había conocido mediante la aplicación ¿Por qué seguía acostándome con gente que apenas conocía? Me sentí una estúpida. Esa noche apenas pude descansar. Estaba tensa y, para mi sorpresa, extrañé a Esteban.

 

A la mañana siguiente me desperté culposa. Esteban pasaría por mi al mediodía para ir a la boda. Lo vi a Máximo dormir cómodo en mi cama y solo deseaba que se fuera. Me levanté para darme otra ducha. Esta vez me frotaba el jabón con excesivo vigor, como quien quiere borrar evidencia de un delito. Quería estar “limpia” para Esteban. Volví a la habitación a cambiarme y Máximo ya estaba despierto; absorto, me miraba caminar envuelta en la toalla.

 

—Tu eres mi unicornio. — me dijo ahora, con una sonrisa dibujada en el rostro.

 

Antes era su mariposa, y ahora era su unicornio. Su melosidad me asqueaba.

 

Lo miré con una sonrisa fingida. El prosiguió.

 

—Cuando le dije a mi mamá que te había conocido, se puso muy feliz. Me dijo que eras un ángel… y cuando le dije ayer que te iba a volver a ver, se alegró mucho.

 

Me mostré cordial y le pedí que por favor se vistiera pronto porque yo ya me tenía que ir. Lo hizo y le fui a abrir la puerta.

 

—¿Cuándo te volveré a ver? — me preguntó, feliz como siempre.

 

Me di cuenta de que, como los niños, Máximo no sabía leer indirectas. Por más de que lo hiciera evidente, él no infería mi desprecio.

 

—Yo te marco. — le contesté, cerrando la puerta tras de él.

 

Nos saludamos con un beso escueto en la boca y una vez que se hubo ido sentí un alivio muy grande.

 

Pasando por el comedor, noté que la bolsa con su regalo colgaba del respaldo de una de las sillas. La abrí y dentro me encontré con un unicornio de peluche. Lo tiré en al basura de inmediato. Los juegos de niños ya no me interesaban.

 

Para leer los capítulos anteriores:

  1. La patada de Búfalo
  2. La importancia de tener 2 ojos
  3. Los Swingers
  4. Galope
  5. La mujer invisible
  6. Pájaro que comió
  7. Lo que diga el comandante

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Sofía Lustig

Doblemente expatriada y casada con un ninja. Estudió comunicación. Vive en una ciudad muy cara, y por eso tiene múltiples trabajos (uno para cada una de sus personalidades). Hace año y medio que está escribiendo un libro y, para fines de este, tal vez…tal vez… lo termine.

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