Este cuento es parte de una serie de historias cortas por Sofía Lustig

Algunos días más tarde Matilda me acompañó, durante mi hora del almuerzo, a visitar al abuelo al hospital. Al llegar nos encontramos con la sorpresa de que ya no estaba en terapia intensiva, sino que lo habían mudado a una habitación de piso. La nueva enfermera nos comentó que habíamos llegado en un muy buen momento porque estaba a punto de intentar darle de comer en la boca por primera vez. Aún se alimentaba por una sonda, pero el plan era que empezara a hacerlo vía oral poco a poco. “Siempre es mejor cuando le da de comer un familiar. Los pacientes comen con mas ganas”, nos dijo, desentendiéndose de la tarea. Era muy joven y tenía una voz gangosa. Me dio la bandeja sin titubear y se retiró del cuarto muy contenta.

 

—Está bien. —dije y me arremangué la camisa.

 

—¿Que hay de comer? — preguntó Matilda interesada.

 

Miré los platillos plásticos que habían sido colocados cuidadosamente sobre la bandeja sin saber distinguir de que comida se trataba, pues eran todas papillas de distintos colores.

 

Me acerqué a husmear y adiviné que en uno había pollo licuado, en otro puré de calabaza, y en el tercero un tipo de postre, aunque no sabría decir bien cual. Las cucharitas, también plásticas, eran del tamaño de cucharitas de café. Inferí, por eso, que esta sería una tarea que se prolongaría por largo rato. Mezclé un poco de pollo con el puré y le acerqué la cucharada a la boca.

 

—Hola abuelo, vamos a tratar de comer. — Le dije intentando ser lo mas fresca que pude. Él me miró con la misma cara de odio de siempre.

 

Le acerqué la cucharita a los labios, pero tenía la boca tensa. Le insistí una vez más, ahora hablándole con mas dulzura, pidiéndole que por favor colaborara. Vi que Matilda, desde el otro lado de la cama, lo tomaba de la mano. De un momento a otro relajó la boca y ahí pude introducir la cuchara. Con mucho esfuerzo movió la lengua intentando cooperar. ¡Me estaba escuchando! Mi abuelo se mostraba duro, pero era bueno.

 

—Muy bien, abuelo­— Le dije y lo acaricié.

 

—Ahora intenta cerrar la boca— agregué, simulando con la mía masticar.

Lo hizo con mucha dificultad y terminó por tragar el bocado. Inmediatamente se atoró liberando un sonoro acceso de tos. Parecía que se ahogaba. Matilda presionó el botón que levantaba el respaldo de la cama y así él quedó mas enderezado. Me voltee y encontré en otra mesita un vaso con un popote.

 

—Abuelo, ¿quieres agua o jugo? — pregunté mientras me acercaba al jugo y lo empezaba a servir, sabiendo que no me respondería.

 

De pronto dejó de toser y tras un breve silencio entonó con una dificultosa voz ronca:

 

—Lo que diga el comandante.

 

Matilda y yo volteamos a vernos en asombro.

 

—¡¿Qué?!­­— Le preguntamos fascinadas. El abuelo estaba hablando.

La expresión en su rostro cambió mientras, con lentitud y dificultad, nos intentaba explicar lo siguiente:

 

— El comandante está por encima de todos nosotros. Si él da la orden, nos mandan a la calle. Hay que seguir sus instrucciones.— prosiguió con toda seriedad.

 

Las dos nos reímos. Recordé, que de joven, el había pasado por el servicio militar. Le seguí el juego.

 

—Bueno, el comandante ahora no está. Pero hay jugo. ¿Quieres?

 

Él elevó sus hombros en expresión de resignación. Me le acerqué para darle de tomar algunos sorbos. Entre cada trago se aclaraba con fuerza la garganta.

 

—Yo le sigo­— Me dijo Matilda, viendo que ya era algo tarde para mi y tenía que volver a la oficina.

 

Entonces le alcancé el vaso a mi hermana. Mi abuelo siempre había sido una persona fría y reservada, pero hoy lo empecé a ver diferente. Hoy lo veía como a un niño frágil y tierno del que quería cuidar. Me acerqué y le di un beso en la frente, tal como se hacía en la clase de yoga, sintiéndome mas cercana a él de lo que nunca antes me había sentido. Le dije “Adiós” pero ya no volvió a hablar. Como un robot que se conecta y desconecta, ahora se había apagado y otra vez parecía que nos estaba ignorando. Salí al pasillo y me encontré con la misma enfermera.

 

—¡Habló! ¡Nos habló! — le dije sobresaltada.

—A veces pasa—, me contestó con una sonrisa fingida antes de seguir caminando.

En los pasillos, al salir de la habitación, me encontré con una escena bochornosa: Mi madre estaba a los gritos peleándose con los guardias de seguridad de la clínica. Por no traer identificación le habían denegado el ingreso. Sin embargo, ella no dudó en burlar la guardia arremetiendo en vertiginosa carrera. Uno de los guardias corrió tras de ella dos pisos por escalera hasta que la alcanzó. Mi madre se resistía a los gritos. “Y claro…” pensé yo. “¿Como iba a llevar identificación, si con suerte apenas había recordado ponerse los zapatos esa mañana? Tenía el pelo desprolijo y sucio, vestía joggings con ojotas y una camisa a cuadros mal abotonada. Cargaba una mochila vieja por cuyo cierre abierto asomaba gran cantidad de papeles. Unos lentes de sol le tapaban la mitad de la cara. Creo que cuando me vio sintió vergüenza. No esperaba encontrarme en este horario. Me acerqué al guardia que ya conocía de vista para disculparme por ella y explicarle que se trataba mi madre. Dejé mi identificación en su lugar.

 

—Hola mamá— le dije y me acerque a darle un beso, una vez que la situación se aclaró.

Ella se quitó los lentes revelando las ojeras y me saludó algo fría.

Una vez más, sentía que la ayudaba a resolver una situación y que ella no mostraba ningún agradecimiento. Respiré hondo y me acerqué a ella.

 

—El abuelo dijo unas palabras. No muy coherentes, pero palabras al fin. — le dije con ilusión.

 

Ella me miró sin devolver mayor reacción. Me di cuenta de lo parecida que era a su papá.

 

—Bueno, yo me debo ir yendo. Allí adentro está Matilda intentando darle de comer.

 

—¡Ah! Hay mas gente — comentó con preocupación.

 

—Sólo Matilda. Nadie más. — le respondí, para que se quedara tranquila. Entendía que no quisiera que mas gente la viese en ese estado.

 

—Te llamo más tarde, ¿te parece?

 

—Órale. — me contestó y nos saludamos.

 

Mi madre otra vez no estaba bien, y otra vez no había nada que yo pudiese hacer para ayudarla.

 

Cerca de la clínica, en una vitrina, vi un vestido que me gustó. Una amiga del grupo de Esteban se casaba ese fin de semana y me había invitado; milagrosamente, él se había ofrecido a regalarme el atuendo para la ocasión. Eran contadas las veces que él proponía obsequiarme algo, por lo que acepté su oferta de inmediato y sin pensarlo demasiado. Saliendo esa tarde del trabajo pasaría por el local para probármelo, aprovechando la cercanía con la clínica para visitar a mi abuelo una vez mas. Me intrigaba saber si volvería a hablar o si mostraría alguna evolución.

Mas tarde, mientras me probaba el vestido -que por suerte me quedaba muy bien- frente al espejo del probador, recibí una llamada de Máximo en el celular. No hablábamos desde aquella cita. Había pensado varias veces en escribirle, pero preferí esperar unos días para ver si él lo hacía antes. Me preguntó que haría en la próxima hora, y entonces le comenté mi plan.

 

—¿Cómo se llama la clínica?

—San Juan. — le contesté.

—Okay. Ahí te veo—­ me dijo y cortó. ¿Se estaba “auto-invitando”?

 

En la clínica me encontré con una habitación colmada de gente. Matilda y mi madre ya no estaban ahí, pero si los hermanos de mi madre, sus parejas, y algunos de sus hijos que habían ido saliendo de trabajar. No veía a esta concurrencia desde Navidad de 1998. Mi abuelo, para variar, guardaba silencio y se veía enojado.

 

—¿Por que tienes esa cara, papá? Preguntó mi tío. —¿No estás contento de que hayamos venido de visita?

 

La enfermera inmediatamente le contestó que era normal que los pacientes que estaban en “las últimas” tuviesen esa expresión en el rostro, y que eso no quería decir que estuviesen necesariamente enojados. En cuanto abrió la boca noté que estaba mascando chicle, cosa que me pareció poco profesional. Esta mujer además de ser desagradable tenía poco tacto. Me irritaba su presencia.

La interrumpí para contarle a todos lo que había ocurrido algunas horas antes.

 

—¿En serio? — Me preguntó mi tía asombrada.

 

La enfermera intervino explicando que a veces cuando los pacientes despertaban de un coma mostraban gran evolución. Que cada caso era diferente y que el doctor recomendaba que se lo visitara mucho con intención de estimularlo.

 

—Esas son buenísimas noticias— contestó mi tía entonces.

 

—Y…nunca se sabe. Otras veces los pacientes pierden muchas neuronas, y otras directamente se mueren.

 

Sus palabras incomodaron a todos.

 

—¿Dónde está el doctor? — cuestionó mi tía enseguida.

 

—Va a pasar mas tarde — respondió la joven con tranquilidad.

 

Yo estaba tan abstraída en mi desprecio que no había advertido que, entre el gentío, asomaba Máximo en las alturas, que había llegado poco antes que yo y hasta traía un regalo para mi en una bolsa. Lo vi hablar con mis tíos con gran naturalidad; y es que Máximo tenía una cualidad que era que se sentía cómodo en cualquier lugar y circunstancia. Además, sonreía constantemente, aunque no siempre con la boca: Tenía la particularidad de saber sonreír con el cuerpo – aptitud que nunca había visto antes en nadie-. Era como un imán para la gente y yo ya me daba cuenta de que en ese cuarto todos lo adoraban. Entró otra joven y le cedió a la enfermera otra bandeja de comida. La enfermera volteó a verme y mecánicamente me la tendió. ¡Otra vez quería que hiciera su trabajo!

 

—¡Uh! Casi me olvido…. — pronunció tras ojear su planilla. — Antes de cenar hay que hacerle la limpieza. (Después supe que eso significaba que le iban a cambiar el pañal.)

 

Nos pidió a todos que nos retiráramos de la habitación mientras ella esperaba al enfermero que la ayudaría en la tarea. Todos salimos a la sala de espera. Muchos aprovechaban para comprarse algún jugo o café y chismosear y ponerse al día. Máximo se acercó para saludarme y me dio un regalo. “Mejor ábrelo después…cuando estés a solas” me advirtió de inmediato, despertando mi curiosidad. En la entrada los guardias de seguridad te otorgaban una pegatina en la que anotaban el número de habitación a la que el visitante acudiría. Máximo había aprovechado para escribir su nombre en la suya y se la había pegado en el pecho. Intuí que tal vez lo había hecho por estar muy orgulloso de su nombre completo, que curiosamente era “Máximo Triunfante”.

 

El enfermero estaba demorando demasiado y varios se quejaban porque ya se les estaba haciendo tarde. Al notar malestar en mas de uno, Máximo ofreció su ayuda.

 

—Yo lo hago. — me dijo entonces.

—¿Que? —le pregunté extrañada.

—Tengo la fuerza para ayudarla.

—No tienes que hacerlo.

—Ya se que no tengo que hacerlo. Pero quiero. Me encanta tu familia.

 

Media hora después de haberlos conocido él ya estaba encantado.

 

Entró a la habitación y le ofreció su ayuda a la enfermera, que estaba sentada viendo un video en su celular.

 

“Si tuviese a estas personas tan poco calificadas cuidando de mi, yo también tendría cara de odio” razoné, pensando en mi abuelo.

 

Una de mis tías a las que no veía desde hacía años y con la que ni siquiera tenía mayor relación me abrazó y dijo “Se nota que es un gran hombre”, refiriéndose a Máximo.

 

¿Por qué hacía todo esto? ¿Quería montar un espectáculo y ser el héroe?

 

Me paré cerca de la puerta que se encontraba entreabierta, pues no me quería perder la función.

 

La enfermera despojó a mi abuelo de su sábana revelando sus piernas blancas y flacas, como dos palillos. Mi abuelo lo miraba a Máximo con seriedad.

 

—Bueno, señor. Usted quédese tranquilo que aquí lo vamos a atender como se merece.—Le dijo Máximo en un tono respetuoso a mi abuelo mientras volteaba su cuerpo a un lado para que la enfermera lo pudiese limpiar y cambiar.

Me enterneció que, bajo aquellas circunstancias, le hablara a mi abuelo de “usted”.

 

Ver como le hablaba con tanta cordialidad y respeto mientras el otro, expuesto y descubierto, era manipulado como un muñeco de trapo, se me hizo un gesto por demás noble y galante. Esta persona, que apenas conocía, le estaba cambiando el pañal a mi abuelo de 98 años, y lo hacía con la mejor predisposición. Lo veía y no lo podía creer. Intenté imaginarme a Esteban haciendo aquello mismo y me era imposible. Sentía que el nunca sería capaz de obrar así. En ese momento concluí que, después de la boda, le diría que ya no lo quería ver mas. -No podía hacerlo antes de la fiesta. Pobre, ya había gastado en el vestido.- La enfermera intentó iniciar una conversación con Máximo, pero él, enfocado en su tarea, la ignoró completamente. ¡Ojalá Matilda hubiese estado ahí para presenciar aquella escena! Extrañamente, verlo a Máximo cambiarle el pañal a mi abuelo me resultaba sexy, y esa noche lo invité a dormir a mi casa.

 

Para leer los capítulos anteriores:

  1. La patada de Búfalo
  2. La importancia de tener 2 ojos
  3. Los Swingers
  4. Galope
  5. La mujer invisible
  6. Pájaro que comió

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Sofía Lustig

Doblemente expatriada y casada con un ninja. Estudió comunicación. Vive en una ciudad muy cara, y por eso tiene múltiples trabajos (uno para cada una de sus personalidades). Hace año y medio que está escribiendo un libro y, para fines de este, tal vez…tal vez… lo termine.

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