Este cuento es parte de una serie de historias cortas por Sofía Lustig

 

Mi abuelo despertó del coma un martes 13. Mi mamá me marcó, después de tanto tiempo sin hablar, para contarme. Me explicó que estaba algo complicada con el trabajo por lo que me pidió que fuese a visitarlo y le comentara cómo estaba. Esto parecerá raro para algunos, pero era moneda corriente para mí. Mi madre era escritora, y cuando iniciaba un nuevo proyecto se sumergía tan profundamente en él que desaparecía por tiempo indefinido de nuestras vidas. Matilda estaba conmigo cuando ella marcó porque ahora vivía en mi departamento. Se quedaría ahí hasta que encontrara un trabajo. Le pregunté si quería venir conmigo, y me respondió que no porque “su vida ya era lo suficientemente deprimente”. Aproveché mi hora del almuerzo para pasar a visitarlo al hospital. Estaba en terapia intensiva y los horarios de visita eran muy limitados. Me sorprendió ver que fui la única en acudir, teniendo mi madre tantos hermanos. Entré a la habitación con paso vacilante. En un principio no lo reconocí por su cara tan flaca y demacrada. Además, le habían afeitado el oscuro bigote que él había preservado con constancia por más de 40 años y que, inexplicablemente, aún se mantenía retinto. Noté como me miraba fijo desde la cama en la que se encontraba postrado. Sentí que me observaba con odio. Tal vez no fuese mi cara la que esperase ver después de tanto tiempo ido. O tal vez estaba enojado por haberse despertado, estando en coma siéndole mucho mas placentero. La hora pasó muy lentamente, y por más que yo le hablara, él no me contestaba. Me seguía con la mirada como único síntoma de conexión. Me acerqué para hacerle una caricia, y noté su piel sumamente humectada. Hasta sus ojos estaban lagrimosos, pero no era por emoción sino porque tantos meses de suero lo tenían sobre-hidratado, y por algún lado tanta agua tenía que salir. Me pregunté si Madonna, entre tantos tratamientos, usaría el recurso de dormir con suero de vez en vez como secreto cosmético. La enfermera se me acercó y explicó que no había manera de saber si volvería a hablar ni cuanto fuese a evolucionar; que podía tanto recuperarse totalmente, como permanecer por siempre en este estado. Me contó también que esa tarde le harían unos estudios para medir daños cerebrales ya que era muy probable que hubiese perdido neuronas en el proceso. “Estar en coma no es de a gratis”, me aclaró. También comentó que visitarlo y estimularlo diariamente seria de suma importancia para su evolución, y le prometí que iría a visitarlo todos los días al menos un ratito. Me levanté con la cabeza llena de ruido y tristeza.

Esa misma noche Esteban vino a cenar a casa. Matilda cocinó una riquísima carne en su jugo, con puré de papas y ensalada para los tres. Él fue muy cordial con ella, y noté que ella lo miraba con mucho detalle. Sin dudas lo estaba analizando. A Matilda siempre le había gustado estudiar a mis pretendientes. De postre hubo flan. Esteban comió con gusto y hasta sugirió “Podrías aprender algo de esto, ¿no?” Justamente a mi, que no me caracterizaba por ser la mejor cocinera. Matilda se rió. “Juana nunca fue buena en la cocina. Pero tiene otras virtudes.” Tomé su observación con liviandad. Finalmente salió a flote en la conversación el comentario de que mi abuelo, después de tantos meses, había despertado. Yo lo interpretaba como un gran suceso, pero Matilda y Esteban no. Los dos pensaban que era algo deprimente, que solo alargaría la agonía. Lo entendía por el lado de ella, que estaba pasando por un momento muy particular, pero me sorprendió que Esteban también lo viera así. Me di cuenta de que él a veces podía tener un lado muy pesimista. Una vez que terminamos el flan, Esteban dijo que se tenía que ir. Le pedí que se quedara a dormir, como lo había hecho tantas otras veces, pero me explicó que al día siguiente necesitaba despertarse muy temprano y que por eso era mejor que durmiera en su casa. “Pájaro que comió, voló.”, hubiese dicho mi madre.

 

Me di cuenta de que Esteban siempre hacía lo mismo. Disfrutaba que yo fuese a dormir a su casa, pero a él no le gustaba quedarse en la mía.

Matilda advirtió el malestar en mi rostro enojado. Como si fuese maga me estaba leyendo el pensamiento.

—Juana, es entendible que quiera dormir en su cama, al hombre no le gusta salirse de su rutina.— me explicó una vez que Esteban se hubo ido.

 

La miré con furia y me dispuse a acomodar la mesa y cocina en silencio.

 

Mientras ordenaba rumiaba todo tipo de recuerdos. “A Esteban le molesta la forma en que hago la cama diciendo que no la amarro bien ni lo suficientemente fuerte; le molesta que a veces el cable de mi tele no conecta del todo bien, generando una pequeña interferencia; le molesta cuando la comida en su plato no está hirviendo, le molesta cuando le sirvo un vaso de agua con menos de cinco cubos de hielo razonando que es “intomable”; le molesta el perfume de mi detergente y dice que mi secadora de ropa es ruidosa y trabaja lento. Ahora me empiezo a dar cuenta de que se queja mucho, y que mis invitaciones nunca le parecen divertidas. Y además, el dinero…. ¡Es rata! Me pide dinero para todo, todo el tiempo. ¡Y él tiene un mejor trabajo que yo!. “ Me sumergí en una espiral de pensamientos negativos.

 

—¡Descárgate! ¡Sácalo todo para afuera!. — gritó mi hermana, que leía el agobio de mi mente en mi rostro.

 

Nadie me conocía como ella.

 

—…aunque haya cosas que me molesten, tampoco puedo hacer muchos planteos porque no tenemos una relación oficial.— Le contesté.

—¡Que sorpresa! — pronunció irónica. Luego se acercó a la cocina —Entonces no te limites, búscate a otros. Sal con cuanto hombre puedas mientras la vida te lo permita.

 

Las dos nos reímos.

 

—Tú siempre das los mejores consejos.

 

Le escribí a Máximo para anunciarle que ya había recibido la bicicleta en mi casa y para darle las gracias, y me preguntó qué haría ese día a la salida del trabajo. Le dije que nada, y entonces me invitó a una cita. Me pasó una dirección y me citó allí a las 7 de la tarde. Me pidió, también, que antes de ir comiera un snack. Sin saber mucho más acepté la invitación y a Esteban, por las dudas, le dije que tenía planes con mi hermana.

 

Cuando llegamos al lugar vi que se trataba de un estudio de yoga. El me entregó una bolsa con ropa y una estera. No sé si se tratara de mi plan preferido, pero ya estaba ahí. Llegamos al lugar 20 minutos antes de que empezara la clase y ya había afuera gente esperando para entrar. Aparentemente se trataba de una clase muy codiciada, y se impartía solamente una vez al mes. Por ser de los primeros, pudimos estirar nuestras esteras en la primera fila, muy cerca del escenario. Fui al baño a cambiarme y cuando volví, el lugar se encontraba lleno a reventar. En una silla en el escenario se sentó una mujer hermosísima, en sus 20´s, que parecía una super-modelo. Tenía un cuerpo escultural, una cara de ángulos perfectos y pelo rubio largo y lacio. Además, sujetaba a un hermosísimo bebé en sus brazos. Luego, caminando, divisé a un hombre de un porte extraordinario que podría ser unos años mayor que ella, muy bien parecido, y de aspecto algo hippie. El se acercó al escenario y le facilitó a la mujer un micrófono. Luego tomó una guitarra y se la ató al cuello. El estaba muy sonriente, y ella muy seria. Los dos eran muy bien parecidos, pero algo había en ella que era mágico, único y cautivador, y yo no la podía dejar de mirar. El hombre empezó a tocar suavemente la guitarra, sonriendo y caminando entre los asistentes. En las pausas entre acordes, nos daba indicaciones de qué movimientos realizar. Todos en la clase se sabían la rutina de memoria. Dentro de ese cuarto había una energía diferente a la que se respiraba en las transitadas calles de la zona, y todos parecían conectar en armonía. Ahora la hermosa mujer se había levantado la playera dejando sus senos perfectos al descubierto. Acercó a su hijo, pacíficamente dormido, a su pecho para amamantarlo, y luego empezó a cantar en inglés. Cantaba precioso, y amamantaba al mismo tiempo. Yo la miraba fascinada. Todos en la clase conocían la letra de las canciones. Las poses eran complicadas y por eso a algunas no las pude realizar. Máximo, en cambio, lo hacía todo con notable flexibilidad y precisión. Aún con su torso y extremidades largas, era por demás agraciado. Se tomaba la clase con mucha seriedad, y lo noté atractivo cuando flexionaba y trababa distintos músculos según la posición. Tenía el cuerpo muy tonificado, y una secuencia de números tatuados en un brazo. Continuamos contorsionándonos por largo rato, sintiendo que la extraña combinación que se generaba entre la gente, las energías que se cruzaban, el calor que irradiábamos y la humedad del lugar me daban la impresión de estar dentro de un sauna. El hombre de la guitarra comenzó a rasguear con mas intención y a enunciar frases muy bonitas y espirituales, en referencia a lo bello de la vida, de las personas y de la existencia. Lo acompañaba la voz aguda de la mujer que coreaba, en su tono dulce y femenino, las siguientes palabras en inglés: “Love”, “Respect”, “Humanity”,“Earth”, creando una atmósfera de espiritualidad envolvente. La mujer repetía las mismas palabras en el mismo orden, una y otra vez. Hasta yo sentí, en ese momento, amor incondicional por cada persona que ocupaba esa habitación. ¿Me estaba volviendo hippie? Poco a poco, por la humedad incesante, hombres y mujeres fueron quitándose las blusas para quedar con los torsos descubiertos. Yo fui de las únicas que no se animó. Cuando terminó la clase, la pareja -la mujer aún amamantando- se fundió en un abrazo y se besaron en las frentes. Luego uno por uno todos los presentes se fueron saludando de la misma manera. Me abracé con desconocidos por minutos prolongados y besé sus frentes calientes y mojadas, y no me molestó en lo absoluto. Era tal el nivel de sensibilidad que algunos experimentaban, que hasta se habían volcado al llanto. Vi a Máximo disipar algunas lágrimas. Yo no llegué a exponerme tanto. Verlo llorar me enterneció. Cuando llegué a su abrazo sentí su abdomen marcado contra mi pecho; luego, con su beso, y a la altura de mi estómago, una leve erección que me puso nerviosa. Saliendo de la clase nos ofrecían a la venta el CD de ella. En la tapa del disco aparecía ella en la playa acariciando a un caballo. El título del mismo era, curiosamente, Love, Respect, Humanity, Earth. “Ella vivió en Hollywood y triunfó”, me dijo Máximo al oído, antes de regalarme una copia. Por primera vez notaba que me gustaba mucho su timbre de voz. Salimos a la calle, de nuevo a la contaminación de la ciudad y el día a día. Esta vez, un chofer nos esperaba en la puerta. Una tensión erótica nos acompañó todo el viaje. Máximo me dejó en mi casa y luego se fue. A pesar de no haber pasado nada, esta había sido la cita mas intensa que habría tenido en mi vida. Con Esteban solo mirábamos televisión.

 

Para leer los capítulos anteriores:

  1. La patada de Búfalo
  2. La importancia de tener 2 ojos
  3. Los Swingers
  4. Galope
  5. La mujer invisible

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Sofía Lustig

Doblemente expatriada y casada con un ninja. Estudió comunicación. Vive en una ciudad muy cara, y por eso tiene múltiples trabajos (uno para cada una de sus personalidades). Hace año y medio que está escribiendo un libro y, para fines de este, tal vez…tal vez… lo termine.

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