por: Sofía Lustig

Este cuento es parte de una serie de historias cortas por Sofía Lustig

Tomé una pausa en el camino para checar el celular que me vibraba en el bolsillo, y descubrí una llamada perdida y un mensaje en el contestador. El recado era de Esteban, y explicaba que ese día ya no vendría por problemas en el trabajo. Esa excusa llamó mi atención porque él no solía trabajar los domingos, y también porque hasta entonces había mostrado gran interés por conocer a mi papá. Además me encontré con un mensaje de texto de un número desconocido, que decía lo siguiente: “Hola Mariposa. Te deseo una tarde increíble. Saludos, tu bicicletero”. De pronto el ruido que me generó el primer mensaje se desdibujó en una risa breve, producto del segundo. Guardé el teléfono y pedaleé con vigor hasta quedar a la altura de mi padre para contarle que Esteban había cancelado, pero a él no pareció fastidiarle tanto como a mi. Minutos más tarde, ya en la puerta de la casa, dejé a un lado el enfado cuando me encontré con la sorpresa de que Matilda, mi hermana mayor, nos esperaba, llorando en abatimiento, en las escaleras de la entrada. Ella es 10 años mayor que yo y vive en otra ciudad (¿O vivía?), y hacía 25 años que se encontraba felizmente casada (¿O no tan felizmente?). Descubrirla allí nos tomó a los dos por sorpresa. Nos saludamos deprisa y los tres entramos a la casa, sin preguntar demasiado.

Mi madre tuvo a Matilda a los 14 años. Físicamente no se parecía en nada a ella, por lo que siempre inferí que debiera, entonces, de asemejarse a su padre, teoría que nunca pude corroborar puesto que jamás lo había visto en mi vida y creo que ella tampoco. A pesar de ser mi media hermana yo la consideraba “hermana completa”, al igual que al resto de mis hermanos, que eran todos de distintas madres, puesto que mi padre se había casado cuatro veces y tenido hijos en cada relación. Una vez le pregunté si de poder volver el tiempo atrás, volvería a casarse tantas veces, a lo que me contestó que sí; él era un hombre bienaventurado y creo que cualquier motivo para celebrar le resultaba un buen programa. De todos los hijos, Matilda era la única que no era técnicamente suya, pero él se había ocupado de que aquello no se hiciera sentir.

Nos sentamos las dos a la mesa de la cocina mientas él abría el refrigerador para husmear adentro y encontrar ingredientes con qué prepararnos algo de comer.

“Algún día tendría que pasar…por supuesto que sí. ¿Pero justo ahora? ¡Acabo de cumplir 50!… “, pronunció por fin Matilda, en una voz temblorosa y entubada.

“¿Escuchaste alguna vez hablar del síndrome de La Mujer Invisible?” , me preguntó.

Le dije que no.

A Matilda siempre le había gustado enseñarme cosas. En parte, porque disfrutaba sentir que me evangelizaba en varios aspectos de la vida, y yo consideraba que estaba habilitada a hacerlo por los diez años de experiencia que tenía por delante de mí.

Me habló por lo bajo, para que no oyera nuestro padre.

“Bueno, escucha con atención, porque antes de lo que crees esto te va a tocar de cerca. Cuando la mujer pasa la brecha de los 50 años, el mundo la deja de mirar. Deja de ser un ser humano para pasar a convertirse en “la madre de”, o “la tía de…” pero ella, como mujer, ya no existe más.”

La miré confusa, pues me costaba trabajo entender este concepto.

“La mujer, después de los 50 años, ya no interesa. Lo más probable es que no pueda ni concebir… ¿Y qué función puede cumplir en este mundo una mujer que ya no puede dar vida?”

Aguardó unos momentos para ver que contestaba yo, pero me quedé en silencio. Entonces, pegó un puñetazo con fuerza a la mesa.

“¡Nada! ¡Nada, Juana!”, dijo a los gritos, y empezó a llorar. Me acerqué para darle un abrazo. Vi que mi papá volteó a vernos enseguida, y después volvió a sus quehaceres con disimulo.

“El hijo de la mala vida finalmente me dejó”, arremató ella una vez que recuperó el aliento.

“Lo siento mucho, Mati. ¡Que sorpresa!”, le dije tapándome la boca en conmoción.

Matilda me miró con obviedad.

“Por supuesto que no fue una sorpresa, Juana…desde ya… ¿Tú te piensas que nací ayer? Hacía años me engañaba. Pero nunca creí que me dejaría. Especialmente por los niños, ¿Sabes? Son muy chicos… Y yo estaba contenta así. Me sentía cómoda con mi vida.”

La contemplé horrorizada, pues sus confesiones me entristecían.

“No me mires así. No me juzgues. Todos los hombres casados, cuando llegan a determinada edad, buscan salir con chicas mas jóvenes. Nada más mira a tu papá.”

Lo señaló.

“La única mujer de su misma edad con la que estuvo fue nuestra madre. Luego, todas más jovencitas. Tal vez no haya tenido amantes, pero sin duda las fue cambiando por versiones más nuevas, como quien cambia de modelo de auto.”

Mi padre asintió, con esa ironía tan suya dibujada en el rostro, mostrando que Mati estaba en lo cierto.

“Que tu marido tenga una amante hasta es algo bueno para ti. Y te diré que mejora la relación de pareja, porque cuando el hombre está con la otra se despeja, y así vuelve a la casa mas distendido y con mejor predisposición. Un encuentro con la amante para el hombre es equivalentes a lo que para nosotras es ir a una sesión de terapia, con la diferencia de que una noche de hotel muchas veces hasta es mas barata que los honorarios de un psicólogo, siempre dependiendo del hotel y del profesional.”

Escuché a mi padre reír desde el fondo profundo del refrigerador. Sabía que estaba viendo el tema con liviandad porque así era el: risueño y despojado de tristezas, pero su actitud me empezaba a exasperar. Hasta él, que era una de las personas mas impolutas que jamás conocí, entraba en el patrón.

“¿Tiene que ver con la crisis de la mitad de la vida?”, consulté en seguida.

“¡Exacto!”, me respondió ella, como buena profesora que otorga una alta calificación en un oral.

Escuchar cómo hasta ella justificaba las infidelidades de esa manera, con tal frialdad, me generaba indignación.

“El tema de los amantes es más antiguo que la biblia. Se trata de códigos de convivencia. Tú a esto no los entiendes porque no sabes lo que es estar en una relación real.”

“Pero tú no tienes un amante. Sólo él. ” arremetí.

“Sí.”

Me tomé unos segundo para procesar…

“Porque no puedes, porque tu tiempo ya pasó y ahora eres invisible. ¿Verdad?”— Le anuncié siguiendo su lógica, como el alumno sosegado que a mitad de la clase hace un click y entiende la lección.

Ella me lo reafirmó con la cabeza.

“Yo igual no creo en esas cosas.”, desarrollé después.

“No se trata de creer o no creer, Juana. Es algo que pasa, es natural. Así son las relaciones. A ti nunca te fue bien en el amor porque tienes un concepto equivocado de lo que son las relaciones. Por eso, a pesar de tu edad, nunca te casaste. Estás como estancada.”

Que dentro de la circunstancia en la que se encontraba aún considerara que le iba mejor que a mi en el amor, se me hacía un poco absurdo. Sus palabras me herían un poco, pero igual entendía que ella estaba pasando por un mal momento, y si buscar hacerme sentir mal a mi la hacía sentir mejor a ella, lo aceptaba. De la manera que fuese, quería estar ahí para ayudarla.

“¡Los hombres son una mierda! “, insinué entonces, creo que aún enfadada por la ausencia de Esteban. Las palabras de mi hermana me hacían sentir ira.

“Bueno, no todos. “, agregué cordial cuando recordé que mi padre estaba en la misma habitación.

El se volteó con el cuchillo en la mano y nos miró con su expresión fresca de siempre, aunque no dejé de apreciar una mueca de obviedad en su semblante.

“Tampoco nosotros tenemos la culpa de todo. Las mujeres también tienen lo suyo”, proclamó.

Matilda cambió su expresión y giró a verlo.

” ¿A que te refieres?”

“Bueno, cuando yo conocí a cada una de las mujeres con las que me casé, ninguna tenía pechos grandes. Y ahora son todas voluptuosas. ¿Cómo creen que eso pasó? No fue arte de magia.Y yo les hice el regalo feliz. Lo curioso fue que, cada una de ellas, después de operarse, me dejó. ¿Lo pueden creer? ¡Ni que lo hubiesen hecho a propósito! Las siliconas cambian a la mujer. Una mujer recién operada camina distinto, cree en si misma y se enfrenta a la vida de otra manera, y ahí es cuando se da cuenta de que puede conseguirse a una pareja mejor. Por eso ahora, por las dudas, sólo salgo con pechugonas.”

“¿Me intentas sugerir algo?” bromeó Matilda y luego rió a carcajadas. En ese momento supe que la intención de la anécdota era aliviar un poco lo traumático de la situación. Igualmente yo no estaba interesada en escuchar chistes, sino que quería saber más.

“¿Y cómo te dejó?”, le pregunté curiosa.

“Bueno, todas sabemos que los hombres no son los que dejan. Eso es ámbito de las mujeres. Y la culpa no fue de él tampoco, sino de LA otra.”

“¿La amante?”

“Kristianna. ¿Puedes creer que encima de todo se llama Khristianna? Como “Cristiana”, pero con K y doble N.”

Matilda se sabía el nombre de la amante a la perfección.

“La muy maldita me citó por un café. Acepté porque pensé que tal vez quería ser mi amiga. Ya sabes. Pensé que quería juntarse para que comentáramos cosas acerca de él, o para preguntarme algo que yo seguro supiera mejor que ella por todos esos años de haberlo conocido tan bien. Si yo igual ya sabía todo…

Yo la miraba interesada.

“Mi plan era este: Ella me lo confesaría y yo fingiría sorpresa, luego llegaríamos a un acuerdo de confidencialidad y nos tomaríamos un té… Pero nada salió como lo esperado. Me contó que él era el amor de su vida y que estaban completamente enamorados. Luego le dije que él también era el amor de mi vida, y le pregunté si lo quería compartir. En ese momento me sentí moderna y relajada…pero luego tiró una “bomba” inesperada, y el cielo se volvió negro sobre mi: “Estoy embarazada”, dijo, tocándose la panza.

“¡No!”, grité yo en shock.

Hasta mi papá fue tomado por sorpresa por semejante desenlace.

Matilda asintió con la cabeza.

“En ese momento el té y las galletas se me revolvieron en el estómago y sentí ganas de vomitar. Pero él ya no quería mas hijos…¡Me lo había dicho incontables veces! ¡Qué se sentía viejo para eso! ¡Qué ya había pasado por esa etapa! ¡Qué ya no le interesaba!

“¿Y entonces que hiciste?”,  si para algo tenía talento mi hermana era para contar historias. Hasta nuestro padre había dejado la comida a un lado para acercarse a escuchar.

“En ese momento me levanté de la mesa como pude. Después, en el auto, le marqué y lo dejé.”

“¿Y él que te dijo?!”

“Me dijo “Está bien”.

Mi padre aplaudió satisfecho con el resultado de la historia.

“¡Bien hecho! Entonces lo dejaste tú.”, articulé con orgullo.

Matilda me devolvió una mirada poco optimista.

“¡¿Y ahora me quieren decir qué chingados hago con mi vida!?”, nos dijo, en un llanto con risa y tristeza entremezcladas. La abracé otra vez y, lejos de saber que otra cosa contestarle, le dije, “Todo tiene solución.”

“Yo ya soy un caso perdido. A ti te quedan 10 años. Hazlos valer”, me dijo cual anciana que en su lecho de muerte manifiesta con su último aliento las últimas palabras a su sucesor.

Padecí una sensación de ingrata injusticia. Me daba cuenta de que el hombre transitaba la mitad de su vida con una absurda crisis. La mujer, en cambio, ni siquiera podía tener una crisis porque directamente dejaba de existir. Me rehusaba a seguir esta conjetura. Me negaba a pensar que mi vida estaba pronta a llegar a su fin. Indignada con el tema, tomé la computadora y me dispuse a investigar un poco mas. En internet encontré un foro; se llamaba “Las mujeres invisibles” y, efectivamente, estaba compuesto por mujeres mayores que compartían tristezas y experiencias. Me inscribí bajo el pseudónimo “Mariposa” para observar como compartían distintos tips para no pasar inadvertidas: “Cuando entro a un lugar, hablo a los gritos”, expuso una. “Me pongo vestidos y tacones todos los días y, para el dolor de columna, tomo a diario relajante muscular”, decía otra. Había tips de maquillaje, de comportamiento, de “movimientos femeninos”, de baile, de temas de los que hablar y cuales evadir, y listas de lugares a los que salir que eran “seguros” porque las harían ver favorecidas: La clave estaba en que fueran sitios donde fuese gente de diversas edades y, por supuesto, que contaran con una “iluminación agradable”. Otras daban consejos sobre como vestirse elegantes, pero no como viejas, ni como muy jóvenes, sino encontrando el punto medio. Para todo parecía que había pautas a seguir, y muchas en el grupo lo hacían con religiosidad. Algunas contaban experiencias de éxito y otras de fracaso, y yo flotaba entre instancias de regocijo debido a la disparatez de algunas historias, y momentos de pesadumbre porque me daba cuenta de que tal vez si estaba “estancada” y de que a mi también volverme invisible me daba temor.

 

Para leer los capítulos anteriores:

  1. La patada de Búfalo
  2. La importancia de tener 2 ojos
  3. Los Swingers
  4. Galope

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Sofía Lustig

Doblemente expatriada y casada con un ninja. Estudió comunicación. Vive en una ciudad muy cara, y por eso tiene múltiples trabajos (uno para cada una de sus personalidades). Hace año y medio que está escribiendo un libro y, para fines de este, tal vez…tal vez… lo termine.

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