por Sofía Lustig

Este cuento es parte de una serie de historias cortas por Sofía Lustig

Con Esteban aún no habíamos sostenido una charla que oficializara nuestro vínculo, y eso me habilitaba a conversar con cuanto hombre pretendiera sin remordimientos. Por algún motivo, en los últimos tiempos, individuos de lo mas extraños e impredecibles se acercaban a mi y yo, lejos de ver esto como un pesar, lo consideré un pasatiempo. Creía poder explicar sus comportamientos estrafalarios dado a que estaban pasando por la “crisis de la mitad de la vida”, circunstancia de la que antes sabía poco y nada y que ahora llamaba mi atención.

A Máximo lo conocí un domingo en que circulaba en bicicleta con mi papá. En este último tiempo la relación con mi padre se había afianzado mucho. Desde siempre él había sido un aficionado a las bicicletas, y en nuestra infancia solía llevarnos a mis hermanos y a mi a rodar desde temprano los domingos por la mañana. Lo llamábamos la “Bicicleteada Dominical”. Cada quien tenía la imposición de vestir del mismo color de su vehículo. (De haber existido los Power Rangers en ese momento, hubiésemos sido muy populares). Salíamos en familia y mi padre siempre se colocaba atrás, para tenernos a todos supervisados, y, como si se tratase de un super-poder, voceaba el numero del nuevo cambio de velocidad al que nos tocaba pasar, para así avanzar todos en sincronía.

Cuando esta vez me preguntó si quería salir a andar en bicicleta con él, no lo dudé. Ahora, yo con 40, y él con más de 70, la salida se tornaba un poco mas descontracturada. Se trataba mas bien de un paseo, y volver a compartir algo así con él me generaba gran exaltación. Invité a Esteban pero, para mi sorpresa, no sabía andar en bicicleta; acordamos que nos veríamos en la tarde, pues él aún se hallaba muy entusiasmado por conocer a mi padre.

Me cité en casa de mi padre temprano a la mañana y desde allí partimos a pedalear por la zona. Copiosos recuerdos tornaron a mi en cuanto pasamos por la puerta de mi escuela secundaria, bares y restaurantes a los que frecuentaba y ex casas de amigos de la infancia. Me daba cuenta de que él también estaba pasando un momento grato por como entrecerraba los ojos para recibir el viento que le acariciaba la cara blanda de dicha. La mañana se desenvolvió con naturalidad hasta que a mi padre se le salió la cadena de lugar; estábamos usando bicicletas que tenían mas de 20 años y estaban faltas de mantenimiento, por lo que esto tampoco nos tomó por sorpresa. Por suerte íbamos despacio y la frenada fue sutil. Vi en sus ojos algo de felicidad cuando me dijo, “dame unos momentos para solucionarlo”. Mientras con esfuerzo volteaba la bici para apoyarla sobre el manubrio y el asiento, le pregunté si necesitaba ayuda, y me contestó que no. Me senté en la banqueta para verlo intentar solucionar el problema, sin gloria, pero cada vez más engrasado. “Estamos cerca de una gasolinera”, pronuncié 20 minutos mas tarde. Volteó a verme una vez mas, y ahora noté que fue con enojo. “¿Sabes la cantidad de veces que hice esto?… Incontables. Dame un rato mas.”

Marchaba la mañana y el sol se volvía mas fuerte y fastidioso. Mientras él mantenía un romance con el plato de la cadena, yo observaba a gente y autos que pasaban. De un momento a otro, una camioneta grande y blanca paró frente a mi y vi bajar la ventanilla eléctrica del lado del acompañante. El conductor realizó una seña indicando que me acercara al auto pero yo no la llegué a interpretar, pues el calor me sofocaba. El sujeto, entonces, estableció reversa y aparcó la camioneta a un lado. Luego se bajó y caminó hacia mi. Traía una enorme sonrisa blanca incrustada en una cara que contrastaba con la barba espesa que la circundaba, y unos chinos negros que se alborotaban con la brisa. Vestía un sacón largo color verde furioso y unas botas negras de gruesas plataformas, que lo hacían ver como una torre, puesto que ya era altísimo de por si. Aún teniendo un look por demás exótico, algo en él me resultaba amable. Traía en su mano una botella de agua y me la ofreció. Aunque padecía de sed, no se la acepté. Luego se acercó a mi papá: “¿Lo puedo ayudar en algo, señor?” Mi padre miró la botella en su mano y le pidió un sorbo. “Esta cadena me está generando problemas”, luego exclamó por lo bajo. “Si, ya veo. Conozco un lugar aquí cerca donde lo van a poder ayudar.” No logré escuchar mucho mas de la plática, pero para mi sorpresa mi papá aceptó su ayuda con docilidad. Algo en este hombre me resultaba muy agradable, y me di cuenta que hasta mi papá sentía por él una atracción. Era una de esas personas cálidas, que se sienten cómodas en su seguridad. Guardamos las bicicletas en su cajuela y subimos despreocupados a su camioneta. El vehículo, limpio y espacioso, olía a gardenias, que eran las flores preferidas de mi mamá. Mi padre se sentó delante y yo detrás, donde tuve que correr de los asientos una montaña de cubos Kubrik para poder acomodarme. “Son de mi hijo”, volteó hacia atrás para puntualizar, siempre sonriente. Luego, en el camino, la conversación se volvió de lo mas natural.

 

—¿Vamos muy lejos? — preguntó mi padre.

—No. De hecho estamos a pocos minutos….

—¡Ah…Bicimundo! —Agregó el.

Máximo volteó a ver a mi padre con entusiasmo.

—¡Así es, señor!

—Los mejores repuestos del país… — agregó mi padre.

El otro asintió.

 

Máximo estacionó frente al local donde un cartel justamente lo prohibía, y mi padre se lo señaló.

—Yo puedo. —Respondió el otro sin titubear.

Los dos lo miramos confusos.

—Soy el dueño. —Agregó después.

 

Aquello era lo único que faltaba para que mi papá se terminará de encantar.

 

Una vez dentro del local, me sentí en un antro. Música disco sonaba a todo volumen, y luces de colores se prendían y apagaban. En sus tres pisos contaba con bicicletas y accesorios de todo tipo. Entrar con las nuestras viejas y estropeadas me dio un poco de vergüenza. Me aproximé al buen hombre para agradecerle la generosidad. Él nos condujo a uno de los mostradores del local, y le dijo algo al oído a una joven empleada. Luego se retiró a su oficina y ella se acercó a mi. Por un momento perdí a mi padre de vista, que ya estaba deambulando por el lugar como quien pasea por su casa.

 

—Su bici estará lista en los próximos 20 minutos. — Me dijo la muchacha. Yo le agradecí y tomé asiento.

 

Luego la empleada se me acercó de nuevo.

 

—Por otro lado, el señor Máximo me pidió que le comunicara que quiere regalarle a usted una nueva. Es libre de escoger la que le guste y yo la puedo ayudar con cualquier duda que tenga.

 

—Gracias, pero yo ya tengo una.

 

Dubitativa, me pidió un momento y se acercó a la oficina donde ahora el dueño hablaba por teléfono. Esta estaba completamente vidriada como una pecera y entonces yo podía verlo caminar de un lado a otro, compenetrado en su conversación. La niña se acercó y tocó el vidrio dos veces, llamando su atención. Él pausó su comunicación para hablarle unos momentos, y ella volvió enseguida.

 

—Si, pero la tuya es rodado 16. Te queda chica. —Me dijo entonces.

Volteé hacia la oficina otra vez y vi que él, con el teléfono aún en una mano, me oteaba compenetrado. Se acercó al vidrio y usó su mano libre para decirme algo en “letras mudas”, lenguaje que no practicaba desde octavo grado. A pesar de no entender lo que me intentaba decir, asentí con la cabeza mostrando complicidad. Mientras observaba sus gestos y movimiento de manos, me preguntaba que número de rodado usaría él, puesto que medía como dos metros. Reflexioné que tal vez, por ser el dueño, tendría una hecha a su medida.

 

—Necesitas asesoría con algo? — Me preguntó ahora la niña, sonriendo y mostrando su ortodoncia.

 

—No es necesario.—Intervino mi padre con entusiasmo. —Yo la ayudo.

En ese momento vi a la felicidad cristalizada en su semblante y me di cuenta de que Bicimundo era, para él, lo que DisneyLandia para cualquier niño de diez años. Antes de aceptar, me tomé un momento para pensar en Esteban. ¿Le molestaría que aceptase tal regalo? “Probablemente no”, razoné. “A él nunca le molestaba nada.” Luego pensé que, viendo las dimensiones de la sucursal, una bicicleta no parecía representar mucho para el bolsillo de este señor.

Pasamos un buen rato juntos viendo los diferentes modelos, probando rodados, asientos, y colores. Respetando la tradición, escogí una azul, que siempre había sido mi color. Encontramos una que nos gustó a los dos y llamamos a la señorita quien, de inmediato, sacó un control remoto de su bolsillo y apretó un botón que hizo zumbar una alarma ensordecedora. Desde la otra punta, vimos a Máximo correr en galope lateral hacia nosotros, zigzagueando a través de los espacios libres entre las hileras de bicicletas, mientras sus chinos bailaban en el aire con cada salto y él no hacía mas que sonreír. Lucía ahora, también, unos lentes de lectura grandes y redondos.

Miré el reloj y ya era casi el mediodía; teníamos poco tiempo, pues debíamos de encontrarnos con Esteban para almorzar. Lo miré a Máximo en detalle por última vez y noté que se veía como Willy Wonka, y que está era su fábrica de chocolates. De curiosa le miré la mano en busca de un anillo de casado y no lo encontré. Me costaba descifrar su edad, pero le calculé unos 50. De cualquier forma, me daba cuenta de que se trataba de un niño en un cuerpo de hombre. Nos felicitó con gran entusiasmo por nuestra decisión y le dijo a mi padre que el arreglo de su bicicleta era mínimo y que, por supuesto, correría por su cuenta. Mi papá lo saludó con un fuerte apretón de manos y mencionó que lo quería invitar a comer a su casa. Yo lo miré sorprendida. Máximo aceptó su invitación y nos dio a cada uno su tarjeta, que por cierto, como los tickets que escondía Willy Wonka en sus chocolates, era dorada.

—Ah!, y si alguna otra vez tienen una emergencia no duden en llamarme. — Volvió a decir y se fue, también galopando.

Al verlo retirarse sentí… ¿Desdicha?. Volvimos andando, él con su bicicleta arreglada y yo con la mía, que ahora por primera vez notaba pesada y que me hacía pedalear el doble. Un flete llevaría la mía nueva a mi departamento en los próximos días. Dejé la dirección de mi edificio en recepción.

 

PARA LEER LA PARTE 1 y 2 de esta serie:

  1. La patada de Búfalo
  2. La importancia de tener 2 ojos
  3. Los Swingers

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Sofía Lustig

Doblemente expatriada y casada con un ninja. Estudió comunicación. Vive en una ciudad muy cara, y por eso tiene múltiples trabajos (uno para cada una de sus personalidades). Hace año y medio que está escribiendo un libro y, para fines de este, tal vez…tal vez… lo termine.

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