por: Sofía Lustig

“Tu cabeza es una licuadora”, me dijo un muchacho una noche en un antro, hace más de 20 años, y yo lo tomé como un cumplido. A mi entender, estábamos teniendo una conversación de lo más profunda e interesante, aunque por lo visto cada quien tuvo su lectura. Ahora, a mis 40 años, me pasó algo similar, aunque esta vez me costó tomarlo como una gentileza. 

Fue al cumplir un mes de estar saliendo con Esteban. ¿Por que seguía viendome con él? Posiblemente por apatía o falta de opciones. A veces las cabezas que carburan y giran como licuadora, necesitan partir en busca de calma. Si yo era una licuadora enajenada, entonces Esteban era una exprimidora de naranjas manual: Operativo y funcional, y sin mayor cablerío. Trabajaba como contador de la familia de mi compañera de oficina, y tenía la cabeza completamente ordenada. La licuadora y la exprimidora son tan incompatibles como lo son inofensivas la una para con la otra, pues giran en frecuencias desiguales. Esto garantizaba que nuestros encuentros fuesen prácticos e indoloros. Mirábamos películas, salíamos a andar en bici y a comer. Hablábamos de cómo había sido nuestro día, y a veces nos contábamos chistes. 

En esta salida en particular, me presentó por primera vez a sus amigos. Un grupo muy grande, para mi asombro. Siendo Esteban tan escueto de palabra, no conjeturaría uno con que su vida social fuese tan extensa, pero así lo era. Eran diecinueve, y siempre estaban en comunicación. Se conocieron en la secundaria, y a pesar de que la mayoría estaba casado y había tenido hijos, se seguían comportando como adolescentes. Esteban era el único soltero dentro del grupo, y eso sentía que lo unía más a mi. Dentro de la congregación, era como si entre todos lo hubiesen adoptado. ¿Y es que quién no lo acogería? Esteban era el que llegaba a tiempo a los cumpleaños, bañado, perfumado y con regalos. Era el tío de todos los hijos, y pronto intuí que hasta las mujeres de sus amigos secretamente lo pretendían. “¿Por qué no serás más como Esteban?” Le mencionaría más de una a su marido en un asalto de enojo.

Sentí la inquietud brotar de ellas, cuando llegué a la parrillada tomada de su mano. Esteban mantenía al grupo unido, lo articulaba siendo, él, el atento, el que nunca tomaba de más, el que hablaba poco pero decía lo adecuado, y asimismo organizaba los planes. Percibí, de inmediato, como su función dentro del grupo era indispensable. También sospeché que varios temían que si él comenzara una relación formal, dejaría de serles tan entregado. Fuimos los últimos en llegar, y nos tuvimos que apretujar para caber en la mesa. 

En la reunión me sentí observada. En especial por Daniel, el “parrillero designado”. Por estar junto al fuego, era el único descamisado, y me daba cuenta de que perpetraba un esfuerzo mayúsculo por mantener el abdomen apretado. Se acercaba a mi esquina de la mesa con repetición, ofreciéndome con gran afán cada  nuevo corte de carne que salía de la parrilla. Al otro extremo, se sentaba Lucila, su mujer. En su falda posaba su hijo Valentín, de siete años. Ella le cortaba la carne e intentaba dar de comer en la boca; él miraba hacía abajo, cohibido. Por debajo de la mesa, variados perros desfilaban husmeando en busca de algo que mascar. Otros niños, de edades diversas, correteaban a lo largo del jardín, jugando divertidos. Dentro del grupo, también, divisé a la pareja cool, que era la que coordinaba la música y ofrecía tragos a todos los presentes. Contaban entretenidas historias y fumaban cigarros en cadena. Esteban no decía mucho, pero yo podía ver que se sentía “en casa”. 

De un momento a otro, el parrillero, ya cansado, quiso acoplarse a la mesa y, para ello, me pidió que le concibiera un lugar junto al mío en el banco. Me moví tras su pedido, pero él igual me empujó un poco. Nuestras piernas se apretaron la una con la otra. El calor del día de sol sumado al del fuego de la parrilla, provocaron que entre nuestra piel se formara una lámina de sudoración. Su axila rozaba mi cuello cada vez que se estiraba en busca de salsas y ensalada. Tenía la cara colorada, y  lo noté exaltado. De todos, probablemente fue el que más cervezas había tomado. La mesa era tan grande, que era difícil concretar entre todos una conversación general. Esteban se levantó para acompañar a una de las niñitas hasta los columpios, dejando más lugar en el banco para sentarnos cómodos; esto suscitó la tan anhelada emancipación de nuestras piernas sudorosas, avalando la respiración digna de los poros de mi piel.

El parrillero se interesó mucho en hablar conmigo, me hablaba muy de cerca y casi a los gritos. Se interesó en hacerme preguntas de todo tipo, desde mi signo zodiacal, hasta acerca de la escuela a la que fui, de mi trabajo, de mis hobbies y mis relaciones anteriores. Me contó también, con mucho orgullo, que con un par de sus amigos, recientemente habían formado una banda de rock. El tocaba la batería, disciplina que había aprendido en la secundaria, y que ahora reanudaba después de tanto tiempo. “Y es que criar hijos es un trabajo de tiempo completo. Por eso tuve que poner a un lado a mis sueños por un tiempo. Pero nunca es tarde para retomar. ¿Sabes?” Se interesó en explicarme. Su intenso aliento a carne y ajo me calaba la cara. Me observaba a los ojos con tal profundidad, que me dejaba intranquila. Era la hora de la sobremesa, y Julieta, mujer de otro de los amigos –y vocalista de la banda-, trajo a la mesa dos grandes pasteles. Los niños se acercaron a la mesa y, en fila, esperaban ansiosos su pedazo. Esteban, ahora, la ayudaba a cortar las porciones, y a repartir servilletas y cubiertos. En el otro extremo, Lucila y Valentín se ausentaban, dejando como única pista de su paso un plato de carne fría. 

Por mi extremo, la conversación con el parrillero se intensificaba cuando él se alentó a preguntarme si tenía hijos, y con naturalidad le contesté que no. Luego me preguntó si esperaba tenerlos pronto, a lo que le respondí que no estaba en mis planes. “Pero procrear es parte de la naturaleza del ser humano. Es nuestro destino”. Se apuró a anunciar. Yo asentí como quien le responde a un demente, o a un embriagado que no conoce acerca del respeto al espacio personal. “¿Pero entonces, con Esteban, cuales son tus intenciones?”, se atrevió a disparar, algo exacerbado, momentos después. Le contesté que no lo sabía concretamente, pero que eran buenas. “Una mujer de tu edad que no quiere seguir su destino, es una descarriada. Los hijos son una bendición.” Continuó, áspero, por predicar. Yo seguí asintiendo hasta que me dolió el cuello. “¿Sí que? ¿Estás de acuerdo conmigo o me estás dando el avión?”. “Estoy de acuerdo. Los hijos son maravillosos”. Afirmé con entereza, mientras me comencé a incorporar, buscando sortear el momento. Él me miraba con confusión, con la misma cara con la que me miró hace mas de veinte años aquel muchacho en el antro. La reconocí enseguida; era ese gesto de dificultad, ese que juzga y condena. El primer muchacho me había arrinconado con la intención de darme un beso, y luego habría abortado misión al darse cuenta que era mucho trabajo. Esta vez, en cambio, era un hombre casado quien, aún en presencia de su familia, se sentía con el derecho de acercársele a la reciente mujer de su amigo con, primero, aires de coquetería y , segundo, con intenciones de evangelizar. Este hombre intentaba inculcarme el valor de la familia, cuando en su ebriedad no había advertido que su único hijo hacía rato ya que se paseaba por debajo de las mesas junto a los perros, escogiendo la caca de estos por sobre su plato de comida. ¿Por qué tenía que pasar mi tiempo escuchando los consejos de este semejante cuya mayor ilusión era la de concluir su sueño adolescente de tocar en una banda, a la que, en contra de su presuntos principios, había nombrado Los Swingers? ¿Dónde estaba Esteban para rescatarme? Lo busqué incesante. Curiosamente, por la ventana de la cocina lo pude divisar.  Estaba junto a Lucila lavando los platos y compartiendo algunas risas. Pensar que mi relación con Esteban significaba un vínculo con Daniel por extesión, me generó aversión. Después de todo, tal vez “práctico e indoloro” no sean adjetivos que vayan de la mano de ninguna relación.

PARA LEER LA PARTE 1 y 2 de esta serie:

  1. La patada de Búfalo
  2. La importancia de tener 2 ojos

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Sofía Lustig

Doblemente expatriada y casada con un ninja. Estudió comunicación. Vive en una ciudad muy cara, y por eso tiene múltiples trabajos (uno para cada una de sus personalidades). Hace año y medio que está escribiendo un libro y, para fines de este, tal vez…tal vez… lo termine.

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