Este cuento es parte de una serie de historias cortas por Sofía Lustig

Pasé la mañana en casa de mi tía ayudando con las planificaciones del velorio y entierro de mi abuelo. Cuando se pertenece a una familia tan grande, sucesos como este terminan volviéndose grandes eventos. Me sorprendí mucho cuando, buscando online distintas alternativas, vi que todo era muy costoso. ¡La muerte era un gran negocio! Las mujeres de la familia nos habíamos juntado a realizar esta tarea, pero realmente mi tía Cintia y yo éramos las únicas enfocadas. El resto, básicamente cotorreaba y comía pastel. Mi madre, probablemente producto del Clonazepan, estaba muda. Las primas hablaban a los gritos, tapándose la voz la una a la otra y hablando sin escuchar. Si algo bueno surgía de esta situación, era que por primera vez en años la familia se volvía a juntar, y eso me traía buenos recuerdos de mi juventud. Matilda era de las más eufóricas y, lejos de comprometerse con la causa, ocupaba su tiempo en intentar convencer a las solteras del grupo de organizar juntas un viaje en crucero por el Mar Caribe el año entrante.

 

—Es un crucero de solteros. No habrá parejas allí… y, lo mas importante… ¡No habrá niños! — exclamó vibrante.

Desde que se había enterado de que la nueva mujer de su ex esperaba un hijo, mostraba hacia los niños una insólita aberración. Hablaba mucho y muy rápido y eso, me generó un ligero desconcierto. Me concentré en la computadora en pos de esquivar el barullo. Entonces fue que, navegando por internet, emergió un anuncio que me distrajo y llamó mi entera atención. En letras grandes y sólidas el título anunciaba: “¿Quieres ser donante de óvulos?”. Por curiosidad ingresé a la página para ver de que se trataba, y encontré una sección en la que usuarios anónimos publicaban distintas fotos de bebés, y otros las comentaban. Circulé por las publicaciones y noté que en todas se trataba de niños de tez muy blanca y de ojos grandes, verdes o azules. Bajo las fotos de un niño realmente encantador, leí el comentario: “¿Alguien sabe que número de donante fue este?”; a lo que otro contestó: “Si, es el 647363268.” Se trataba de un mercado completamente nuevo para mi: El mercado de los genes. ¿Cuánto saldría esta locura? Me pregunté enseguida. Posiblemente un dineral. Recordé la secuencia de números que tenía Máximo tatuada en el antebrazo. ¿Cuánto habría gastado él en Valeria? Recordé las fotos que nos había mostrado de ella. Al igual que estos niños, tenía ojos grandes y claros y una nariz diminuta. Todos se veían casi iguales. Pensé en Máximo, y luego recordé que me había dicho que su hermano trabajaba para una funeraria. ¿Y si le marcaba? Organizar este evento no era la actividad mas placentera. Seguramente nos podría ayudar. Le escribí un mensaje saludándolo y él en seguida me marcó; en cuanto le comenté que mi abuelo había muerto, se puso a llorar. A pesar de no comprender cabalmente lo que me estaba diciendo, pude discernir, entre lamentos y sollozos, que me pedía que dejara todo en sus manos.

 

—No puedo pedirte que te encargues de esto.

—Pero lo quiero hacer por él. — Me contestó, refiriéndose a mi abuelo.

Se ve que en los breves minutos que tuvo de conocerlo habían generado un vínculo considerable. Por supuesto que sus palabras me resultaban de lo mas insólitas, pero él era así.

—Mira, es muy simple— prosiguió, —…mi primo Charly se encargará de la parte que el conoce bien, y yo de organizar el evento. Sólo necesito que me des algunos datos, y para eso mi asistente se pondrá en comunicación contigo esta misma tarde.

 

—Pero mira que somos una familia muy numerosa—intenté advertirle.

 

—No me cuesta nada… en serio. Quiero hacerlo. Por él, y también por tu familia.

 

Sus palabras eran ridículas. Cuando le comenté a mi tía que un amigo se ofrecía a encargarse de la logística del evento, se le dibujó una sonrisa en la cara. Las familias numerosas necesitan de líderes y personas comprometidas para funcionar, y en esta no las había. Nadie quería hacerse cargo de nada, y que Máximo resolviera aquello me generaba gran alivio. Sentía que a pesar de su excentricidad, era una persona con la que podía contar. Le agradecí y acepté su ayuda. Entonces, ya más relajada, pude voltearme a comer y escuchar lo que mi hermana tenía que decir acerca de aquel viaje en crucero.

 

Por otro lado, Esteban se sentía tan culposo de prácticamente no haber estado conmigo en la fiesta que, cuando se enteró de lo ocurrido, imploró ser invitado al velorio. Lo invité sin pensarlo demasiado. Pasó por mi y fuimos juntos.

 

Llegué al velatorio con Esteban a la hora estipulada. Para mi sorpresa, el lugar del evento era otra de las sucursales Bicimundo. La entrada estaba repleta de globos de colores, y había un cartel en el centro que decía “Celebrando la vida de Filiberto”. Entrando, en lugar de un velorio, sentí que ingresaba a una fiesta de niños. Me topé primeramente con Máximo y su hija Valeria. A Máximo y Esteban los presenté rápidamente como “amigos”, y noté que a los dos eso les disgustó. Cuando se conocieron aprecié como dos mundos que vibraban en secuencias diferentes ahora se tocaban. Por suerte se trató de un contacto armonioso, pues resultaron ser muy amables el uno con el otro, y Esteban -que adoraba a los niños- terminó jugando con la rubicunda hija de Máximo en el pelotero. Junto a las bicicletas mountain bike se encontraba el cajón: Blanco, moderno y -para mi sorpresa- abierto. Poco a poco fueron llegando tíos y primos y yo me ocupé de recibirlos con naturalidad, como si este estilo de celebración hubiese sido idea mía. Ingresó también mucha gente que yo no conocía, y en poco tiempo contabilicé cerca de 250 personas. Entre la multitud, divisé a lo lejos la silueta de un hombre que me resultó conocida y me erizó la piel. ¿Era él? Tal vez alucinaba porque estaba cansada. Fui de inmediato por un vaso de agua.

Junto al pelotero en que jugaba Valeria vi a Esteban platicar con una muchacha joven y muy atractiva. Tomé un buen sorbo de agua y seguí deambulando.

 

Aunque había perdido a aquella figura perturbadora entre el alboroto, igualmente sentí ansiedad. Ya había soñado hartas veces con que volvía a encontrármelo, despertando siempre con mucha preocupación. Que él estuviese presente en el velorio no tenía sentido alguno, pero pensar que tal vez rondaba por allí me resultaba aterrador. Al poco tiempo llegó también mi padre y saludó calurosamente a Máximo. Por lo que sabía, él no había tenido una buena relación con mi abuelo. No estaba segura de lo que mi madre pensaría al respecto. Como tantos otros, deduje que había sido invitado por Máximo. Si había tantos invitados no era porque mi abuelo hubiese sido tan popular, sino porque Máximo se había tomado el atrevimiento de invitar a gente por su cuenta. ¡Este era el velorio de mi abuelo; no su cumpleaños! ¿Había aprovechado para hacer de esto un evento social? Como siempre, Máximo quería lucirse. Me pregunté si a mi abuelo le molestaría que hubiese tantos desconocidos, o si estaría de acuerdo.

También había un catering y una barra de tragos, como en la Navidad de 1998. Solo esperaba que esta vez no terminaran todos peleando, como había ocurrido en aquella ocasión. Tener una barra, de cualquier manera, creo que fue acertado. Era tan bizarro todo, que ingerir un poco de alcohol resultaba una excelente idea. Creo que mi madre pensó lo mismo puesto que, aun muda, se apegó a la barra y al vodka como pudo. La ceremonia religiosa fue breve y luego se concedió un momento para que los familiares que así lo sintieran compartieran algunas palabras acerca del fallecido. Yo no me acerqué a decir nada porque sentía que no lo conocía lo suficiente. Mi madre tampoco, pues estaba mas interesada en pararse junto a la barra y tomar mas vodka. Hablaron varios de mis tíos y primos, rememorando momentos e historias del abuelo Filiberto. Un compañero del servicio militar, de 100 años, también se paró frente a la multitud a compartir chistosas anécdotas de su juventud, como cuando salían a alguna fiesta, o de cuando mi abuelo escondía alcohol en sus zapatos para tomar en las mañanas frías de entrenamiento, siempre enfatizando lo feliz y relajado que era. Me sorprendieron sus palabras, puesto que aquella descripción distaba de la versión de mi abuelo que yo había conocido. Creo que envejecer cambia a la gente. Cuando ya hubieron pasado todos, Máximo dijo que también quería decir unas palabras. Primero agradeció a los invitados por haber asistido y luego contó, entre lágrimas, acerca de la vez que le había cambiado el pañal. Me pareció patético y sentí vergüenza ajena, y creo que Esteban lo notó porque de inmediato me tomó de la mano. Nunca lo había hecho antes, y me pareció extraño que escogiera este momento para hacerlo por primera vez. Pensé que tal vez lo haría por empatía, o tal vez porque quería “marcar territorio”. Creo que olfateó que Máximo podría ser algo mas que un amigo. Yo acepté su mano, porque, en definitiva, estaba afligida. Después de todo se trataba del velorio de mi abuelo y, por más que no lo había llegado a conocer tanto, me generaba tristeza.

A un costado vi a la hijita de Máximo jugar con las chicas jóvenes del local, todas luciendo un uniforme de falda corta y blusa escotada que seguramente Máximo había escogido para ellas. También, en el grupo, estaba la misma mujer joven que antes platicaba con Esteban.

 

—¿Quién es?­ — Le pregunté, señalando a la niña.

 

—Es Melina, la niñera de Valeria. —Me contestó.

 

Observé como ella miraba a Máximo embelesada, así como también noté que el azul de sus ojos era idéntico al azul esmeralda de los ojos de Valeria. “¿Serían hermanas? O…¿Sería la donante?” “¿Y por que alguien que estaba tan obsesionado con la belleza y la juventud estaba interesado en alguien como yo? Tal vez le atraía mi inocencia sobre algunos temas.” Mis pensamientos se vieron interrumpidos rápidamente cuando sentí que alguien posó su mano en mi espalda. Me di vuelta intranquila y, entonces, confirmé mi miedo. La silueta que me atormentaba era la de aquel hombre que temía, y estaba allí: Carlos, el demente que hasta hacía poco había conocido online, estaba viéndome a los ojos sonriente. ¿Qué hacía él en el velorio? Quise decirle algo pero ninguna palabra alcanzó a salir de mi boca. Sentí terror. Vi en primer plano sus grandes dientes blancos y pulcros, y luego esa mueca en su boca me hizo descifrar que Carlos era Charly, el primo de Máximo. En cuanto lo identifiqué, solté un grito de nervio y mi corazón se estremeció. En el escenario, Máximo lloraba y demostraba con sus manos las maniobras que había realizado el día en que ayudó a la enfermera a cambiar el pañal. Carlos se acercó a darme un beso posando sus manos en mis cadera y eso a Esteban no le gustó. Tomó sus manos y la alejó de mi torso con brusquedad. Nunca antes lo había visto ser tan posesivo. Carlos, perplejo, reaccionó pegándole a Esteban una bofetada en la cara que prácticamente lo tiró al suelo. Todos voltearon a vernos, Máximo incluido.

 

—¿Que está pasando? — Exclamó Máximo desde el frente.

Todos los presentes nos miraban y comentaban. Ya empezaban las peleas y la reunión se asemejaba cada vez más a aquella navidad.

Ante la mirada enfadada de Máximo, Carlos miró al suelo arrepentido.

—Perdón, fue una reacción nerviosa — se disculpó Carlos conmigo. Mi papá se acercó para cerciorarse de que estuviese todo bien. Yo le dije que si. A pedido de Máximo, Carlos se disculpó con Esteban y luego se disipó entre la multitud. Me sorprendió mucho que Esteban no le hubiese devuelto el golpe, y que simplemente me mirara horrorizado.

 

—¿Esta es tu familia? — me contestó mientras con la mano intentaba contener una pequeña hemorragia en su nariz.

Yo le contesté que no. Él me miró con cara de decepción y se alejó. Charly desapareció entre la gente.

 

Ver el cajón abierto me generó tristeza, aunque también sabía que mi abuelo seguramente prefería estar ahí metido que presenciando este evento ridículo.

 

Todos escuchaban en silencio como algunas de las empleadas escotadas cantaban el “Aleluyah” de Hyden a capela en el escenario. Pensé en mi mamá y la vi abrazada a Matilda y a otra de sus hermanas, no por estar emocionada sino porque la mezcla de alcohol y antidepresivos no le permitían mantenerse en pie.

 

Máximo se acercó a pedirme disculpas:

 

—Perdón. Ese era mi primo. A veces no sabe como relacionarse con los vivos, por eso trabaja con los muertos.

—No te preocupes. Está bien — le respondí en voz baja.

Entendí que Carlos tenía el trabajo perfecto para él, pues a un muerto no tenía como hacerle daño.

 

Noté que Máximo tenía una gardenia en el bolsillo de su saco y se la pedí.

 

El bonito canto de las jóvenes escotadas nos tenía a todos conmovidos. Luego uno a uno fuimos pasando frente al cajón para darle al abuelo el último adiós. Pensé en Máximo y en Esteban, y comprendí sus miedos: el primero tenía miedo a crecer y dejar de ser el centro de atención de la fiesta; el segundo, no se animaba a comprometerse por miedo a ser lastimado.

 

Estos tipos de eventos son duros porque nos ponen cara a cara con un miedo que todIr a un velatorio es difícil porque nos pone cara a cara con un miedo que todos debemos afrontar, y llegar a la mitad de la vida nos genera la sensación de que hemos entrado en la cuenta regresiva, potenciando algunos de nuestros tormentos mas oscuros. Me daba cuenta de que obrar por miedo o presión como lo proponía Matilda no me llevaría a ningún lado, de que había otras maneras de realizarse como mujer, y de que la vida en pareja no era para todos. Sentí el deseo de estar junto a mi madre. Me acerqué a darle la flor y caminamos juntas hasta el cajón. Tal vez envejecer solo no era algo tan terrible. Mi abuelo, a pesar de tener muchos hijos, decidió aislarse, y hasta esperó al momento en que no había visitas en la habitación para morir. Antes de acercarme a verlo por última vez, miré a mi alrededor y noté que todos lagrimeaban. “Al hombre le gusta sufrir por adelantado”, me dijo mi madre en voz baja mientras olía la flor. Yo miré a mi abuelo y lo noté por primera vez en mi vida con la cara relajada. ¿Acaso estaba recibiendo una pequeña enseñanza por parte de mi madre? No recordaba haber leído estas palabras en ninguno de sus libros.

 

Para leer los capítulos anteriores:

  1. La patada de Búfalo
  2. La importancia de tener 2 ojos
  3. Los Swingers
  4. Galope
  5. La mujer invisible
  6. Pájaro que comió
  7. Lo que diga el comandante
  8. Políticas de la empresa
  9. La leona campeona

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Sofía Lustig

Doblemente expatriada y casada con un ninja. Estudió comunicación. Vive en una ciudad muy cara, y por eso tiene múltiples trabajos (uno para cada una de sus personalidades). Hace año y medio que está escribiendo un libro y, para fines de este, tal vez…tal vez… lo termine.

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